viernes, 28 de enero de 2011

La Ley Sinde

Deberíamos llamarla Ley Sindecencia más bien, porque los políticos decencia tienen poca, en su mayoría al menos. Vaya por delante que no he revisado ni mucho menos el texto de la ley, pero por lo que he leído en los medios me voy a permitir opinar sobre el tema.

Érase una vez España, los 80, la movida madrileña y los progres disfrutando a tope con Tierno Galván, un señor muy cachondo pero intelectual que quería devolver la cultura a las clases populares. Años después aquellos progres (o parte de ellos) se aburguesaron y tomaron posiciones al frente de la SGAE, en principio llamada Sociedad General de Autores de España, y que en los 90 pasó a llamarse Sociedad General de Autores y Editores, una paradoja nunca antes conocida, pues los editores siempre fueron quienes abusaban de los autores, así que difícil era que se asociaran con ellos.

Haré un pequeño paréntesis para explicar por qué surgió la SGAE. La SGAE se origina como Sociedad de Autores a finales del siglo XIX. Todos o casi todos los artistas (músicos, pintores, escritores, etc.) eran pobres o casi en vida, simplemente porque quienes hacían negocio eran las editoriales, los teatros y otros intermediarios que eran quienes explotaban la obra. A los autores se les prometía siempre una compensación futura por su trabajo por amor al arte, una vez que ya se hubieran hinchado a recoger beneficios gracias a él. Otras veces se pagaba a los autores para que produjeran futuras obras, así que de una forma u otra, éstos eran una suerte de esclavos al servicio de producciones y editoriales, que no solían hacer caso a todo lo acordado (y aún hoy sigue pasando). Para defender sus derechos se fueron asociando y así surgió la Sociedad de Autores, que un siglo después vendría a estar respaldada por la LPI.

Acordémonos de cuando lo que todo el mundo en este país compraba eran discos de vinilo y cintas de audio. Ya entonces se pagaba un canon por cada cinta virgen y por cada grabador. Tus amigos te dejaban las cintas o los discos originales y tú te copiabas la música a una cinta virgen. No había tragedia de ningún tipo, pues la ley española permite la copia privada, siempre que ésta no sea con ánimo de lucro. Nadie protestaba, nadie se llevaba las manos a la cabeza, nadie decía que la cultura estaba en peligro. Por cada fotocopiadora también se pagaba canon. La ley al respecto de fotocopias me temo que es algo más restrictiva, pero aún no ha llegado a mis oídos de nadie a quien hayan multado por sacar un libro de la biblioteca y fotocopiarlo, incluso lo hacen en las copisterías, y en este caso sí que se lucran, claro. Luego se popularizaron los aparatos de vídeo, beta y VHS. Los videocassettes y las cintas vírgenes también llevaban canon. La gente grababa pelis de la tele y no pasaba nada. Cuando llegó el vídeoclub sí que aparecieron las primeras voces de alarma: "¡Los cines van a desaparecer!", decían. Recuerdo gente que tenía aparatos con doble pletina y se grababa las películas en casa. Desaparecieron las sesiones continuas y la mayoría de los cines de barrio. Otros se hicieron multisalas. Pero seguíamos siendo felices y estábamos en paz.

En los 90 a los españoles nos empezó a afectar lo de la era digital. La gente empezaba a sentirse más cómoda con los ordenadores en casa, y en la segunda mitad se empezó a popularizar internet. Las disqueteras dieron paso al CD-ROM por ser un medio físico de mayor durabilidad, y surgieron las redes peer to peer para compartir archivos. Y ahí ya la jodimos. ¿Recordáis Napster? Qué poco pude disfrutarlo yo. Por todo el mundo empezaron a darse voces de alarma, primero por parte de las discográficas y después por parte de las productoras de cine. Algunas televisiones también se unieron, pues no les hacía gracia perder audiencia porque las series ya estaban al alcance de sus espectadores antes de que pudieran comprar los derechos de emisión. Algunas redes de compartición de archivos, como Napster, firmaron acuerdos para hacerse de pago, y otras fueron perseguidas como si los que allí compartían fueran delincuentes peligrosos. Entre tanto, la piratería estaba a pie de calle: los que antes traficaban con armas y droga descubrieron un nuevo filón en discos y DVD de películas a bajo coste, que muchas veces eran basura, pero vete tú luego a encontrar al mantero a quien se la compraste. En nuestro país la polémica no se hizo esperar: la SGAE saltó al mundo de la política para poder sacar así mayor rédito económico, y consiguieron que se gravara con canon discos duros, impresoras, CD y DVD vírgenes. Luego llegaron también otros soportes como los teléfonos móviles, los lápices USB o los reproductores MP3. La diferencia era grande con los cánones anteriores, pues en nuestro ordenador podemos tener material perteneciente a otros autores, pero podemos no tener más que material nuestro propio por el que nadie tendría que pagar un canon de nada. Pero además, si yo pago un canon, eso me legitima para tener una copia privada en mi poder de lo que sea que me hayan prestado, por lo que en buena lógica eso que por parte de el gobierno no se dudó en calificar de piratería (bajar y compartir en redes P2P) era algo legal y completamente legítimo. Sin embargo, no, todo el que hacía esto tendría que estar visto como delincuente y las redes tendrían que desaparecer.

Y por fin llegamos a nuestros días, donde una ministra ha conseguido que una ley a todas luces inconstitucional sea aprobada en el parlamento. Pero, ¿cómo hemos llegado a esto? Pues es bastante fácil, la verdad. Con nuestro querido gobierno se alinean artistas afiliados a la SGAE y que se reparten entre ellos cánones múltiples, ya vendan sus discos, películas y libros, o no. Esta gente quiere seguir manteniendo su estatus, pero es que además, los editores son hoy también miembros de la SGAE, y a éstos les hace bastante pupa si alguien se baja un libro sin su permiso, aunque el ánimo de lucro brille por su ausencia. Lo que me lleva a recordar que ahora se venden libros en formato digital, pero en este país no hay apenas ninguna diferencia de precio final con el que puedas compar en papel, siendo clara la distinta inversión requerida para uno y otro caso. Luego están partidos como CiU y PP que votaron en el Congreso en contra de la ley de marras, pero simplemente por aparentar, por arañar votos. Porque pensemos en los grandes empresarios que sufragan campañas y seguro que hallamos gente que tiene dinero en editoriales, discográficas o distribuidoras, todas ellas afectadas por la ley. Así que nada, luego votan a favor en el Senado, y en paz, todos contentos y aquí no ha pasado nada.

La ley consiste en que cualquier web sospechosa de vulnerar los derechos de autor (LPI) va a poder ser suspendida cautelarmente sin que tenga que intervenir un juez para declarar al responsable culpable. Esto es una vulneración de derechos constitucionales a todas luces, es poner el parche antes que haya herida, lo que también venían haciendo con los cánones de carácter digital por otra parte. Ahora queda esperar que haya alguna asociación de internautas que pueda plantear una demanda y que un juez declare la ley nula, pero entre tanto sufriremos aún más abusos de un lobby muy poderoso y con gran influencia política.

Solución: protegéos, no confiéis en nadie por internet y cuidado dónde y qué os bajáis, pero eso ya lo sabíais todos, porque llevamos años en el punto de mira.

martes, 25 de enero de 2011

La traducción: ¿es una profesión como tal?

(Publicado aquí en origen, sigue este enlace para leer el ensayo, encontrarás Deformación profesional, un blog sobre temas lingüísticos y traducción)

sábado, 22 de enero de 2011

Autoestima

Qué raro y qué cuesta arriba se nos hace a veces un suceso si nos pilla de bajón o a contrapié. Será la luna llena, será que nos ha sentado mal la comida, será un repentino déficit de serotonina... Pero lo que cuenta es que así ha sido, así que se hace una gran bola en la garganta que no podemos tragar y empezamos a agobiarnos sólo de pensar en que se va a quedar ahí haciendo bola, sin ver más allá.

A veces olvidamos (todo el revuelo nos hace olvidar) que somos personas y que esa condición está por encima de cualquier cosa que nos suceda. Somos capaces de superar adversidades, de pensar y racionalizar. Somos merecedores de nuestra dignidad y amor propio y estamos por encima de cualquier acontecimiento que pueda contrariarnos.

El mundo no es en blanco y negro, sino en escala de grises, y eso aplica también a todas las personas que lo pueblan: a los demás y a nosotros mismos. Tal vez no seamos buenos en esto o aquello, o no triunfemos en lo otro, pero siempre hay un motivo por el que cualquier escollo que pueda surgir no podrá llegar a nuestra altura y no deberíamos prestarle más atención de la que requiere ni darle más valor del que tiene. Reservemos nuestra amargura para los momentos que realmente son malos, que hacen que cambie el rumbo de nuestra vida porque nos plantean obstáculos insalvables y hemos de dar un gran rodeo para poder continuar. Y aún así, dediquémosle sólo el tiempo que necesitemos para reponernos, pero ni un minuto más, porque sería un minuto perdido.

Adelante, siempre adelante, y arriba, siempre mirando más allá, que la mosca que hay en la nariz sólo estará ahí un instante, aunque éste sea molesto, así que ¿para qué centrar en ello nuestra vida y perder así la perspectiva general? ¿Para qué recrearnos en esa molestia que quizá hasta podría pasarnos desapercibida?

Ante todo estás tú... y después ya quienes te importan. Y a éstos mejor saber escogerlos, pero bueno, eso va viniendo rodado con el paso de los años... o casi. Dedícate a ti, nunca te olvides de ti, porque eres el centro de tu vida, y nadie merece de ti más que tú.

viernes, 21 de enero de 2011

Universo

A veces me gustaría expandir el universo. Si la vida es lo que veo, quisiera conocer la muerte, en ocasiones no podría hacerme sentir peor...

miércoles, 12 de enero de 2011

Año nuevo

Pasa la Navidad y con ella la pesadilla del agobio familiar, pero también el dulce sabor de las vacaciones. Vacaciones de unas cosas y empacho de otras, y siempre las mismas esperanzas y objetivos parecidos. Tras dos meses sola, vino todo de golpe, pero como digo, siempre hay una de cal y otra de arena. Ignoro deliberadamente determinados pensamientos, y otros intento que se vayan desvaneciendo o al menos, haciéndose más débiles. La ley de Murphy es muy clara, y sucede lo inevitable cuando ya no daba un duro por ello.

Vivo tratando de hacer lo que considero correcto, me gusta ser coherente. Pensaba que generalmente esto pasa muy desapercibido, pero alguien me hizo la observación de que soy una gran persona, una buena persona, que se nota en mis opiniones, en mi forma de pensar. No es esto algo que la gente suela decir, y mucho menos de buenas a primeras, como quien no dice nada. Pero así fue como sucedió. Normalmente, los cumplidos suelen venir en forma de actos y generalmente éstos vienen de gente con la que tienes bastante confianza, con la que has compartido intimidades y te conoce bastante, pero no de esta forma, así no suele ser. De ahí mi desconcierto inicial, aunque de vez en cuando se agradece la frescura, y siempre alienta que te valoren positivamente cuando no hay detrás ningún tipo de interés ni compromiso.

A veces me pregunto qué hay de positivo en ser como soy, si siendo de otra manera conseguiría lo que no puedo conseguir siendo así, pero mi error está en dar por sentado que siendo diferente podría conseguir también lo que ahora tengo. Hay muchas cosas buenas en mi vida, aunque a veces me obsesione con lo que falta en ella.

En otro orden de cosas, no entiendo muchos comportamientos de distinta gente, sus mentes son como puzzles. Creo que podría hacerme antropóloga sólo observándolos e intentando descifrar qué es lo que les mueve. Sobre todo no termino de entender por qué hay quien cree que debe mentir para poder tener lo que quiere. Supongo que no les han enseñado eso de que está mal engañar y valerse de los demás como si no fueran iguales. Sí, vale, es obvio que si anuncias tus intenciones puede que el otro no esté de acuerdo en colaborar... o quizá sí, pero en cualquier caso lo habrás respetado, cosa que considero imprescindible en el trato con los demás.

Puede que últimamente esté muy hastiada de todo. No me apetece dar rodeos, estoy harta de jugar, de miedos, de depositar confianza en quien no la merece, de deseos frustrados e ilusiones venidas a menos. Siento que debo centrarme en mí misma y mis objetivos. No me importa distraerme por el camino, me gusta (y también necesito, ¡¡qué leche!!) disfrutar de amistades, vida social y compañía, pero me canso si tengo que estar adivinando intenciones, interpretando señales contrarias y confusas o teniéndome que andar por las ramas y con pies de plomo. Ese rollo nunca ha ido mucho conmigo, y parece que ahora, que es quizá cuando más puedo dominarlo, mucho menos me apetece.

Siempre he sido consciente al tiempo que inocente, siempre he creído en la bondad innata de los demás, y que por cada hostia posible que pueda darme con alguien hay mucha gente interesante que me perdería si me cerrara en banda. Últimamente, aún manteniendo cierta inocencia (ojo, que tampoco nunca fui caperucita, o al menos no al llegar a cierta edad) noto que me cuesta más creer en las personas. Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo, y quizá el peso de los años y las experiencias vividas hayan engrosado mi piel. Aún así, como el humano es animal de costumbres, me mantengo sincera, directa y transparente, todo en la medida que me permita no ir pillándome los dedos, pues eso es algo que se va aprendiendo también con el tiempo. No podría dejar de ser fiel a mí misma.

Me he fijado ciertos objetivos, como siempre suele hacer la gente a principio de año o al cambiar de rutina. Me gustaría mantenerme más sosegada, ordenar mis ideas y el conjunto de mi vida. Es importante que mantenga buenos hábitos, al menos entresemana, si es que quiero llegar viva y con algo de éxito al verano. Dejemos que estas prioridades queden definidas así, vagamente, pues la inflexibilidad sólo consigue desanimarme y el desánimo nunca es un buen compañero de viaje. Así pues, vuelvo a clase con cierto optimismo tras coger aire, espero que no tarden demasiado en llamarme para empezar a trabajar y mantengo algunas fichas en modo latente hasta que pueda llegar a alcanzarlas y recolocarlas a mi gusto.

Incidente

Érase una mañana de enero que Claudia iba a toda mecha a la universidad, pues no quería llegar tarde al examen que tenía. No era novedad que condujera deprisa o ansiosa, pues muchas veces salía con el tiempo justo o tarde para ir a clase. De temperamento nervioso y fuerte, acostumbraba a correr más de la cuenta e insultar para sí misma a cuanto conductor considerara inútil o que estorbaba. Afortunadamente, daba muestras de más paciencia y tolerancia cuando trataba de tú a tú con las personas. No es que normalmente hiciera bestialidades al volante o fuera conduciendo sin cabeza, se trata de un hervir de sangre, un motor que comparten ciertos conductores, especialmente si se trata de gente nerviosa y temperamental, comportamiento que se acrecenta si el sujeto en sí llega tarde o va justo. En la mañana que nos ocupa, Claudia tenía un examen, y aunque no fuera de los de estudiar, sus nervios son especialmente sensibles a estas situaciones. Todo transcurría con normalidad, o al menos la normalidad propia de su conducción, incluso iba bien de tiempo, hasta que al llegar al campus, aproximándose al aparcamiento, dos coches frenaron y pararon en plena curva a descargar pasajeros. Entonces fue cuando sobrevino la tragedia, propiciada por la ceguera de la histeria y el nerviosismo: Claudia, en vez de parar y esperar, se precipitó al sentido contrario, y al dar la curva un coche venía de frente. El coche paró, cosa que no hizo ella, siguió avanzando como si nada importara, quizá pensando que su coche cabría por el minúsculo hueco que quedaba entre el coche que venía por sentido contrario a ella y el que se hallaba parado en paralelo. Su coche, de hecho, cupo, pero no sin rasparse con el que venía de frente y dejarse así todo su lateral arañado.

Enseguida se dio cuenta de la barbaridad cometida, salió como de un sueño al notar cómo ambos coches chocaban entre sí. A su cabeza le vino "Pero, ¿qué haces, idiota?" y otras de similar categoría, mientras pensaba qué le habría hecho a su coche, al otro y que iba a llegar tarde al examen, justo lo que quería evitar. Se echó a un lado y paró, salió del coche y vio el resultado en su coche: una bonita banda blanca en la carrocería. Antes de dirigirse al otro conductor, que debía hallarse en estado de shock, cogió la carpeta del seguro y su bolso. Se aproximó al otro coche y vio que, por fortuna, tenía bastante menos que el suyo.

—Lo siento mucho— se disculpó, —ha sido culpa mía.
—Ya— contestó el desconocido que conducía el otro coche, en un tono conciliador, —es que no sé qué has hecho... algo que está muy mal.
—Sí, lo sé, lo sé... Es que vengo ahora a un examen y estoy nerviosa y tal, lo siento mucho.

El señor, resultó tener paciencia y no ser un energúmeno de estos que gritan y que más nerviosos ponen, así que Claudia le mostró el recibo de la póliza, le copió los datos y le dio su número de teléfono, asegurándole que podía llamarla en cualquier momento y que ella ya daba el parte de culpabilidad. Él debió notar sus nervios, porque enseguida la instó a irse al examen y además le deseó suerte. Ella le dio las gracias y se fue a aparcar, no sin cierta pesadumbre encima, pensando en mil cosas como el examen, el parte, la gilipollez que acababa de hacer...

miércoles, 29 de diciembre de 2010

De todo un poco...

¿Por qué me agobiará tener gente alrededor? Mis momentos de paz son cuando estoy conmigo misma sin hacer nada especial, llevando mi día a día. Nadie me dice dónde poner mis cosas, aunque curiosamente cuando estoy acompañada son los demás quienes más ponen por medio. Creo que es porque a mí me molesta tanto que me impongan el desorden que trato de no imponer el mío a nadie. Vale, he de reconocer que últimamente vivo en un caos y que requiero pensarlo mucho antes de solucionar un mínimo entuerto porque todo requiere para mí un esfuerzo desmedido que no siempre soy capaz de hacer.

Sin embargo, hago vida social y no me agobio, lo paso bien, aunque luego necesite muchas horas para reponerme, aunque esto también es consecuencia de la falta de sueño a la que me someto entresemana, pero creo que poco a poco voy atajando mi falta de disciplina a este respecto. Me encanta trasnochar, no puedo evitarlo, siempre fui un pequeño búho, pero claro, la contrapartida es el cansancio que se arrastra, aparte de los desajustes de horarios y demás desarreglos del sueño. Soy así desde bien canija (aunque de tamaño lo siga siendo).

Es curioso cómo se presenta la vida a veces. No voy a quejarme del momento que vivo, porque si bien no todo me acompaña y aún me encuentro saliendo del cieno en el que estuve, quizá con algunos salpicones que perduran, vivo un momento dulce. Pese a mi caos estoy consiguiendo estudiar con bastante buen resultado, estoy pendiente de que me llamen ya mismo para trabajar, y he conocido a gente estupenda con la que me siento a gusto, que es lo fundamental. Todo esto tras un año en el pozo sin ver a nadie, sin trabajar, sin poder estudiar, únicamente haciendo algún curso en el que raro era el día donde no me sentía ajena al resto. Estoy algo desbordada y siento que me falta el tiempo para todo, pero eso creo que es buena señal, lo prefiero al aburrimiento. Alivia ver cómo no sólo caen hostias, sino que de vez en cuando se abren claros en los nubarrones que dejan ver el sol y el cielo.

Aún estoy saturada y herida. Los pocos amagos para abrirme (al menos en pensamiento lo eran) acabaron revelando engaño y frustración, o al menos una de ambas. La verdad es que no sé muy bien qué imagen doy, qué es lo que atraigo o espanto, o qué aparento querer. Dejémoslo en que soy una persona que trato a los demás con respeto, y eso es lo que espero de los demás cuando tratan conmigo. Mi problema es que no sé qué quiero o puede que ni siquiera esté preparada para saberlo. A veces es muy fácil, notas que algo se te clava, como cuando te tragas una raspa de sardina, y entonces sabes que estás dispuesto a dar un paso o un pasito en alguna dirección, pero en la mayoría de ocasiones depende de lo que cada cual pueda o quiera dar o ceder, o quizá hasta donde desee llegar. Aquí es donde yo digo que no estoy preparada para dar ni ceder y no sé lo que me apetece. Es una situación complicada que hace que dé lo que no debo a quien no lo merece, ceda tarde y a destiempo o simplemente cierre los ojos y me deje llevar por el instinto. Pero, ante todo, intento no herir a nadie, intento ser sincera, pero tampoco quiero amargarme. Es difícil ser sincero cuando uno mismo no sabe qué quiere y es difícil no amargarse cuando intentas no dejarte llevar poniendo límites. Pero así es la vida y así estoy yo, y no siempre uno puede controlar todo milimétricamente previendo las circunstancias y consecuencias. A veces simplemente todo sale del revés, pero no pasa nada mientras sigamos vivos, ¿no?

Una generación

Por fin consigo centrarme un momento para escribirme algo. Hace mucho frío y ya ha pasado la Navidad, casi llegamos al final del año. Esta vez hay presente un pesar, pues faltó alguien a la mesa que no estaba previsto que faltara hasta que sucedió lo inesperado un día de octubre. Tras su infarto cerebral no habla y apenas se mueve, permanece recluida en un centro donde aparentemente la conciencia la visita de vez en cuando. Yo no tengo vergüenza, pues no he ido a verla desde que la transladaron, aunque es verdad que nunca encuentro el tiempo ni el momento. Para la gran fiesta familiar, Nochevieja y Añonuevo (inseparables por decreto) tendremos otra ausencia, la cumpleañera. El día 26 algo no iba bien, así que ha de permanecer ingresada una semana al menos en observación. Espero que la dejen ir, que no sea otro declive repentino y prematuro. Tengo que conseguir una cámara y grabar lo que cuenta, sus vivencias, sus historias, esas que ya no podrá contar junto a su hermana que ya no habla. El nuevo miembro de la familia aún no se sienta a la mesa. La que estuvo ausente ya no podrá conocerlo, pero como ella, otros tampoco. Miro atrás inevitablemente, pues es época de melancolía, y recuerdo aquellas veces donde éramos más de diez sentados a la mesa, yo era una niña y todo era ilusión y alegría, aparte del frío del invierno. Y ni siquiera hay fotos de aquellas cenas de Fin de Año. Ha pasado ya una generación, aunque no sea yo quien haya cerrado el círculo. En Nochevieja habrá dos bebés que no estaban en la pasada, pero faltarán dos mayores, aunque espero que al menos una de ellas pueda estar para la siguiente. Y aún no me ha tocado la lotería, aunque tampoco es que juegue demasiado...

domingo, 12 de diciembre de 2010

Tiempo y mente

Qué bonito es racionalizar los sentimientos, darse cuenta de que algunos son simplemente obsesiones sin base que los justifique más allá de algo que se nos coló en el subconsciente y nos despertó un raro impulso que aún perdura.

El cerebro debería venir con botones. Con que tuviera un ON/OFF y un DEL ya sería suficiente. A veces sería muy conveniente apagarnos y dejar de pensar en cosas que no nos llevan a ninguna parte que no sea el agobio o el sufrimiento, y otras estaría muy bien el poder borrar y donde hubo personas o situaciones determinadas que sólo quedase un hueco, un vacío similar a la silueta blanca sobre fondo azul que pone el Facebook como foto de perfil antes de que elijas una. Esto, aunque parezca una tontada, simplificaría mucho nuestra existencia, sería más fácil seguir hacia delante y ser felices, o al menos nos ahorraría cierta infelicidad y sufrimiento innecesario.

Pero no, nos tocó una mente privilegiada, nos tocó ser capaces de absolutas maravillas gracias a una extrema sensibilidad para lo bueno y lo malo, y en todos los aspectos. Al final, el sufrimiento también nos moldea como personas, nos da empatía o nos hace ser unos hijos de puta, eso dependiendo del individuo. Nos abre un nuevo abanico de posibilidades. Muchas de las grandes mentes de la historia dejaron patente su agonía, sus obsesiones, su melancolía, igual que otros lo hacían con su alegría y felicidad.

Al final, puede que el evitar el sufrimiento sea el motor de nuestra vida, lo que nos hace seguir al pie del cañón y buscar y preguntarnos, puesto que quien tiene siempre felicidad quizás está tan completo que no necesita moverse y descubrir. Pero esto no deja de ser una simplez que acaba de ocurrírseme, y en realidad la mayor parte del tiempo si estamos incómodos esa misma incomodidad nos bloquea y nos hace tener que pararnos a tomar aire para poder respirar y así quizá poder distanciarnos de nuestra miseria, y ahí es donde volvería a hablar de las bondades de las hipotéticas teclas mentales que debieran existir. Sin embargo, sólo contamos con la ayuda del tiempo, para disfrutar de lo bueno y dejar pasar lo malo.


lunes, 29 de noviembre de 2010

The time is now

El tiempo trancurre deprisa, sin mucha novedad. Salgo, entro, salgo, duermo demasiado, no duermo, como, no como. Todo es desorden y caos, aunque me esfuerzo porque romper la espiral. Saco la mano para agarrarme al primer clavo que vea, pero no distingo ninguno, ninguno que pueda sostenerme al menos. Ilusiones, desencuentros, entretenimiento, culpabilidad, todo acontece demasiado rápido. Estoy a gusto en casa sola, así me veo capaz. Inesperadamente me han surgido amistades que me han acogido como si siempre hubiera estado ahí. Disfruto los momentos y vuelta a mis eternos pensamientos que dan lugar a demasiadas preocupaciones, demasiada culpabilidad. Pero lo importante es que disfruto. Y me ilusiono. Y tengo ganas. Y sigo. Y estoy a gusto. Y quiero.

Y siempre queda ese atisbo de esperanza que cuando hay ganas parece mayor que cuando uno se deja llevar por no tener o ver opciones. Nada es nunca perfecto, de hecho, dista mucho de serlo, pero, ¿y qué? No voy a esperar a que lo sea o a que se aproxime a serlo para poder vivir.

sábado, 27 de noviembre de 2010

¿Juegas?

La partida de ajedrez se ha quedado a medias porque uno de los contrincantes ha abandonado, no se sabe si momentáneamente o definitivamente, pero tampoco voy a quedarme a averiguarlo. Lo que no sé es si buscar nuevos retos o resignarme, ya que todo son partidas inacabadas, no encuentro contrario que se interese lo suficiente. Pero entonces, ¿para qué cojones sacas el tablero, colega?

Para este viaje no hacían falta alforjas.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Me equivoqué

No es extraño equivocarse y ni siquiera lo es que quien se equivoca persista en el error. Muchas veces sufrimos de ceguera, obcecados con nuestras ideas, que van haciendo bola y son intragables. Y aún así seguimos tropenzando con la misma piedra, dándonos de lleno contra la pared, hasta que aquello que era tan obvio para todos se hace visible también para nosotros como si fuera una epifanía. Aprendemos de equivocarnos y poder ver el error, es un método que hasta se usa en ciencias.

Yo estaba equivocada. Con la ilusión de la ingenuidad con la que aun teniendo treinta años sigo viendo el mundo (seguramente porque quiero, porque me niego a verlo desde el ángulo de quien ya está de vuelta de todo) creía que era posible obviar las reglas inherentes a las relaciones humanas, los juegos a los que todos juegan aunque nadie les ponga nombre, y mostrarse tal y como uno es, de forma sincera, desde un principio. "Craso error", me decían algunas voces amigas, "no hagas eso, haz esto otro", me aconsejaban, pero yo estaba dispuesta a demostrar que la gente era suficientemente madura, responsable y humana (por contraposición a lo instintivo y animal) como para poder asumir la verdad tal cual es y llega. No quería hacer el esfuerzo que me suponía cambiar, adoptar el papel del personaje que ocupa el tablero.

Tras varios tropiezos he tenido que rendirme a la evidencia. No trato de decir que la condición de seres instintivos y animales sea mala, ni que igualemnte lo sean así las reglas de los juegos que nos tienen ocupados mientras la vida pasa. Simplemente digo que estaba equivocada, que mi idealismo está bien como idealismo, pero no como filosofía para llevar a la práctica en el día a día. Eso siempre que no quiera recibir un palo tras otro. Porque la ingenuidad y la sinceridad son rasgos de debilidad y en este mundo impera la ley del más fuerte, así que más vale reservarlos para quien ha superado todos los niveles hasta llegar a la meta. Ya es hora de aprender las reglas del juego.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Tarados

No me interesa la gente perfecta, me fascina la imperfección. Me gusta que detrás de cada persona que conozco haya una historia, me gusta conocer esa historia. Cada individuo no sólo queda definido por su personalidad, también por todo lo que ha vivido, por sus filias y sus fobias, por los problemas a los que ha tenido que enfrentarse y ha superado. Esas son las historias que quiero conocer, historias de heroicidades cotidianas, historias que me llenan de admiración y esperanza, historias humanas.

No existen personas planas, desconfío de las que lo parecen, pues intuyo que ocultan algo, su verdadero ser. Todos tenemos nuestras taras, nuestros problemas, nuestras locuras. Unos han tenido que enfrentarse a mucho más que otros, otros han vivido su historia con mucho más dramatismo que unos. Lo que cuenta es el camino recorrido hasta ser quienes son y las personas que esos caminos les han llevado a ser.

Es evidente que no todos merecen ser conocidos, no todos llegan a ser buena gente, no todos merecen la empatía por su sufrimiento y su dolor. Hay quienes superan sus traumas sólo a costa de otros y ellos no tienen mi respeto ni mi admiración, no merecen que yo (cualquiera) les conozca. Porque todos siempre tenemos elección, incluso cuando creemos que no hay salida; y la elección a veces simplemente consiste en valernos de nuestros recursos y salir adelante o salir del paso intentando hundir a los de alrededor. Pero no es de ellos de quienes quería hablar, sino de la gente interesante, de las personas que enriquecen el espíritu al conocerlas.

Todos estamos tarados, todos sufrimos, y es la manera en que cada uno hacemos frente a los distintos problemas que surjen lo que nos hace ser quienes somos y nos enriquece con lo que tenemos para dar al resto de quienes nos rodean. Quiero conocer vuestra historia, quiero saber quiénes sois. Pero no os sintáis vulnerables si llego a hacerlo, porque sólo así podré conoceros y apreciaros por completo, así podré admiraros y sentirme orgullosa de ser amiga vuestra.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mascotas

Adoro a los animales, especialmente a los míos. Mis bichos son todo pájaros, aunque no hablo de los que tengo en la cabeza. Hay quien tiene mascota como quien tiene un juguete o un mueble más, porque es bonito y adorna, porque se lleva, porque mola o porque es guay. Vale, yo no soy una persona totalmente íntegra y perfecta, para qué negarlo: los considero mi posesión, son míos, no son libres. Aún así les doy todo mi amor, pese a que a veces ellos no tengan ganas de recibirlo o no lo comprendan. También está el hecho de que en ocasiones les hago cosas que no les molan ni un pelo, como cogerlos cuando no quieren, limpiarlos cuando pretendían huír, etc.

Siempre he considerado a mis mascotas como parte de mi familia, les he dado todo mi afecto y me he preocupado por ellas como si de hijos se trataran. Actualmente tengo una cotorra argentina, Kiwi, un periquito, Bowie y una carolina, Turba. Sólo Kiwi vive conmigo, pero siempre me acuerdo de los otros dos, les echo de menos, y eso que únicamente Kiwi es capaz de demostrarme su cariño con reciprocidad, supongo que será porque es más lista, pues aunque a Bowie no, a Turba también la crié desde pequeñita. Sin embargo a Bowie le tengo un cariño especial, es un periquito que siempre ha tenido un humor muy bueno y ha sido muy sociable. Lo compré hace seis años de jovencito, y ha pasado por la muerte de su compañera y de un canario con el que llegó a tener una gran relación de amistad, se querían como hermanos. Tras estos baches resultó afectado de una enfermedad de la que tardó casi dos años en salir, estando realmente a punto de morir y teniéndolo yo que medicar cada día. Sus ganas de vivir y mi perseverancia y cariño obraron el milagro. También recuerdo aún cierta vez que le dio un arrechucho teniéndolo yo en las manos limpiándole las plumas. Llegó a parársele el corazón y tuve que hacerle el boca a pico y correr al grifo del agua fría para estimularlo.

Echo tanto de menos a mis bichos que estoy pensando en traérmelos conmigo, porque además de que para mí es bastante duro tener que renunciar a ellos indefinidamente, quien está a su cargo no se merece tal satisfacción. La única pega que tengo ahora mismo es la falta de espacio y la oposición de mi madre a tener más animales en casa. Los quiero como si fueran mi familia, como si fueran mis amigos confidentes, como si fueran pequeños hijitos que dependen de mí.

martes, 2 de noviembre de 2010

Altas expectativas

Mi madre, de niña, me decía que parecía que había nacido para ser rica o para ser reina, lo típico que se dice a un niño que protesta mucho, quiere cosas que no se le pueden dar o no se queda contento con lo que le dan. Para reina no, pero mis padres me educaron como si de una fuera de serie se tratara, llamada a despuntar, destacar en todo. Me educaron para llegar a ser lo que aún no he llegado (ni creo que llegue nunca) a ser, en lo que yo siempre soñé convertirme: válida, independiente, inteligente y excepcional en el campo que escogiera (la ciencia seguramente), sin olvidar ser una buena persona a la par que responsable y recta.

Todo ello me dio un carácter muy rígido, y aunque siempre fui una persona alegre, poco a poco la alegría iba cediendo en favor de una melancolía extraña, como cuando te regalan una camiseta que tienes que ponerte pero que no te es cómoda en absoluto. Cuadriculada, con exceso de responsabilidad pero falta de disciplina a causa de la ansiedad que ello me generaba, aunque como la responsabilidad me podía, incluso frente a cosas que no dependían de mí, ello me generaba también angustia y agobio. Crecía ingenua, pues mis pensamientos y mi concepción de la vida me tenían en un mundo aparte ajeno a la verdad, y siempre creía lo que mis padres o alguien con autoridad me contaban, aunque me estuvieran engañando deliberadamente, lo creía hasta que la verdad era evidente. Me decían que era guapa y me lo creía, me decían que era inteligente y me lo creía. Cuando eres niño eso es muy normal, pero a la larga genera conflictos internos: podían decirme que era capaz de ser la primera de la clase, lo que para mí tenía un doble mensaje, que no estaban satisfechos conmigo y que además yo no me esforzaba lo suficiente (y por eso no llegaba a serlo). El caso es que es cierto que siempre tuve facilidad para los estudios, hasta que mi cabeza bajó la persiana y cerró por vacaciones, las vacaciones que necesitaba tomarse para no prenderse fuego cada vez que me sentaba a estudiar.

A partir de ahí todo fue en picado: yo nunca llegué a ser la persona que deseaba ser, era como una huída de mí misma, una huída hacia delante para no tener que compararme con mi yo del espejo, ese que habían creado y con quien no era capaz de competir. Ya no soy tan rígida, ya no vivo en mi mundo aparte, ya no me creo todo lo que me dice la autoridad o mis padres, ya no soy hiperresponsable (y sigo sin ser disciplinada). Sin embargo, queda ese poso de mí misma, ese complejo de culpa por lo que no me corresponde, esa personalidad ingenua y sumisa al tiempo que rebelde sin causa, queda esa bondad de cordero y ese inconformismo casi pueril. Soy alguien anodino que no ha llegado a ser lo que quería ser y que además ha perdido el rumbo, pero que no se conforma con lo que tiene, que aún conserva ilusiones y que lucha por llegar a ellas por más zancadillas que le pongan y obstáculos encuentre a su paso.

A veces miro atrás esperando ver una proyección de lo que pudiera haber sido de no haberse torcido mi camino, pero aquello era como ir poniendo más pisos a la Torre Inclinada de Pisa: al final hubiera caído de uno u otro modo, o hubiera llegado a ser la persona más friki sobre la tierra (pese a llegar a ser excepcional). No veo la solución, puesto que el otro camino me hubiera llevado igualmente al fracaso, puede que no en lo académico y profesional, pero sí en lo social. No quiero decir que ahora tenga un éxito social rotundo, pero soy una persona con una vida normal en este aspecto: con buenos amigos, que le gusta salir y divertirse, que le encanta hablar y hacer tantas otras cosas en grupo.

Hace pocos años me pasó por la cabeza que tenía esa edad donde uno empieza a hacer balance de los sueños que ha podido cumplir y se da cuenta de que algunos ya no va a cumplirlos. Me pesó, sí, pero a otros no pienso renunciar aún, pues yo sigo paso a paso adelante intentando construir esa persona que quiero ser, queriendo llegar a las metas que me pongo y teniendo ilusiones que siguen renovándose. En ocasiones me encuentro muy cansada para seguir, muy harta de lo que me he encontrado y me sigo encontrando a mi paso, harta de que a veces parezca que todo juega en mi contra y que tengo que escalar una pendiente escarpada y casi vertical. Supongo que todo consiste en variar el ritmo, calmarse, tomar aire, beber agua y reanudar la marcha. Mientras haya formas de llegar hay esperanza, y mientras haya ilusión hay voluntad, aunque haya que ir por el camino largo y dando pasitos de hormiga, lo cual es difícil de asimilar por una cabeza como la mía, donde siempre han estado esas altas expectativas y esas prisas por llegar y demostrar que yo puedo.


sábado, 30 de octubre de 2010

Querer y amar

El otro día hablábamos en clase sobre el amor y las diferencias entre amar y querer. No voy a pegar aquí lo que dice el diccionario porque cualquiera puede consultarlo, pero evidentemente nos referíamos a la acepción de querer que tiene que ver con el amor.

Existen muchos tipos de amor: el amor carnal, el amor espiritual, el amor fraternal, el amor propio, el amor platónico... Amar puede referirse a todos ellos seguramente, pero cuando decimos que alguien ama siempre pensamos en un amor de pareja, un amor puro pero que no sólo implica cariño. Cuando hablamos de querer, sin embargo, se puede querer a una madre, a un amigo, a tu mascota,... y también a la pareja. Para mí no hay ninguna diferencia entre amar y querer a la pareja, es el mismo tipo de amor, ese que si no se siente no se dice porque no se debe bromear ni pronunciar en vano, porque mentir sobre el amor es como traicionarse a uno mismo. Hay quien sí los diferencia, hay quien cuando dice "te quiero" habla de amor fraternal y cuando dice "te amo" habla de un amor completo.

Por desgracia, según mi experiencia social, no hay mucha gente que diga "te quiero" hoy en día, da igual que sea a su familia, a sus amigos, a su pareja, no se dice lo suficiente. Luego existe gente que, para compensar, lo dice demasiado, incluso cuando no lo siente, banalizando por completo su significado y quitándole el sentido a la palabra. Yo creo que el quid está en el contexto, en la situación, porque no es lo mismo dar un abrazo a tu madre y decirle "te quiero" que decirlo tras acostarte con tu novio. Tampoco es igual decírselo a un amigo que se siente solo o a una amiga que se va a casar. En cada momento significa algo distinto, un tipo de amor diferente. No hace falta decirle a tu madre que la quieres como madre, ni a tu amiga que la quieres como amiga, ni a tu novio que le quieres como novio, porque eso está ahí, en los gestos, en el roce, en la convivencia..., no hay por qué inventarle a las palabras nuevas acepciones para especificar algo que ya de por sí viene especificado por el contexto situacional.

Hay gente que no quiere y hay gente que quiere demasiado y quizá demasiado pronto. Hay que darse cuenta que cualquier cariño ya es amor, ya es querer, ya es una prenda invisible que damos al otro y que él puede usar de muy distintas formas. Es un riesgo que hay que asumir, porque en eso consiste nuestra vida, en crear lazos invisibles con quienes nos rodean aunque luego haya quien los vaya cortando o quien los enrede, quien tire hacia sí y quien afloje hasta deshacerlos. En cualquier caso, considero que si una persona nos importa lo suficiente no hay que asustarse de decir a tiempo un "te quiero" por quedarnos al descubierto o por si se lo toma por donde no es, al fin y al cabo vale más el poder llegar a alguien que un posible traspiés, pues ya dicen por ahí que nunca es posible ganar nada si no hay nada que perder, pero sobre todo abrir el corazón a alguien que crees que lo merece suele ser un ejercicio de sinceridad con uno mismo que siempre se ve recompensado cuando notas que ese alguien es feliz de encontrar ahí tu amor y cariño para cuando lo necesite.

martes, 19 de octubre de 2010

Mezquinos

Los hay por todas partes, parece una invasión, pero es que hacen mucho ruido y se dejan ver más que los que no lo son... espero.

Ayer descubrían en Barcelona los cuerpos de una mujer y sus dos hijos muertos hacía días y el sospechoso no es otro que el marido y padre, fugado vete a saber adónde y cuándo. Los motivos importan bien poco, porque, sin entrar en la forma de ser de la mujer, no creo que unos niños hagan nada para ser merecedores de la muerte a manos de un padre. Los motivos estaban sólo en su cabeza, derivados de su propia mezquindad.

Hay quien es mezquino a tiempo parcial y hay quien lo es a tiempo completo, y se puede ser por afición o bien por frustración. Para ser un buen mezquino la regla de oro es dejar a los demás a la altura del betún, pero si es más abajo aún mejor. A algunos les gustaría tanto enterrar bajo tierra que acaban haciéndolo (véase el primer ejemplo). Pero no mezclemos churras con merinas, porque unos sólo atacan verbalmente y otros ponen algo más de su parte, lo que requiere ya un nivel de maestría que únicamente unos pocos elegidos pueden alcanzar. Y cuidado, porque a algunos les ves venir de lejos, se les adivina el pensamiento, se les leen las intenciones en los gestos, pero otros van camuflados y no los verás hasta que sea demasiado tarde.

Ya he tenido varias experiencias con mezquinos, hombres y mujeres de cualquier grupo de edad e indistinta consideración social, y la última ha sido hoy. No la he visto venir, con mis 30 años me han vapuleado como a una alfombra y ya de paso pisoteado un rato, que me vale el mismo símil. Normalmente huyo de dos tipos de personas: las que no van de cara, que ves que tienen algo oculto, y las que van de cara y no me gusta lo que muestran. Quien me la ha jugado no parecía ser del uno ni del otro, así que no creí que tuviera nada que temer ni esconder, pero su interpretación fue de Oscar. Ya había detectado ciertas rarezas o inconsistencias en la manera de tratarme, cómo un día actuaba de una manera y al siguiente era otro, pero todos tenemos lo nuestro y quien diga que no miente. En cualquier caso nada de aquello podía adelantarme lo que ha pasado hoy.

Para satisfacción de los psicoanalistas de baratillo, diré una vez más que soy una persona que me muestro de frente, sin dobleces y si carezco de buenas intenciones no es que las tenga malas, es que no las tengo de ningún tipo. Me porto bien incluso con gente que no conozco, pero es que pienso que así debería ser la gente en general cuando actúa de modo desinteresado. No había tenido mucho roce con él pero me interesaba su amistad porque yo le interesaba y me había tratado bien, o eso creía yo, porque en realidad todo ha resultado ser un montaje de bajo presupuesto pero de grandes recursos artísticos. No me duelen sus ataques sin motivo, no me duele su manera de juzgarme sin apenas conocerme, no me duelen sus mentiras y difamaciones (me indigna, pero no me duele). Me duele sentirme engañada, no haberlo visto venir y su falta de respeto hacia mí (y no creo ser la única digna de ella). Pero supongo que él es así y se comporta de ese modo ruin y mezquino no pocas veces. Ya digo, yo no le di motivos y no sé si todo formaba parte de un meditado plan, pero así sucede con los mezquinos. Cuidáos de ellos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Hoy he comprendido

Hoy he visto la luz y así por fin he comprendido de dónde vienen gran parte de mis problemas con los hombres: de mi padre. Al final, a pesar de todo, Freud no estaba loco de remate, no. Hoy he visto cómo mi padre antepone en sus prioridades a otra mujer que no era yo, su hija, ni tampoco su otra hija, ni la madre de sus hijas (ojalá, pues podría haberlo comprendido), esa mujer es su actual pareja.

Sí, tengo 30 años, pero aún creo que puedo pedir favores y que no es demasiado lo que pido. ¿Cuándo un padre deja de lado su faceta de padre? ¿Cuándo decide que su vida actual vale más que una hija? Estoy bastante confusa, primero por mi edad, segundo por la cantidad de pasta que le cuesto y que quizá me quita mi derecho a pedir un favor (mi conciencia es más grande que yo) y tercero porque creo que lo más que él es capaz con mi hermana y conmigo es repartir dinero, pagar, como sucedáneo del amor y del cariño.

Al mismo tiempo he tenido un dejà vu, pues había cierto paralelismo con situaciones ya vividas en mi vida sentimental, donde mi pareja (o incluso expareja) podía decir sin que le costase un te quiero, podía hacer algunos sacrificios formales en ciertas ocasiones para luego no hacer ninguno emocional, nada que significase un sacrificio real en su modo de vida, un gesto que saliera de dentro si es que éste iba a costarle un desequilibrio interno o ¿quizá alguna regañina posterior? pese a saber y reconocer que hubiera sido lo correcto. Mi padre, sin embargo, reconocer no lo reconocerá nunca.

Sí, no es lo mismo, pero en mi fuero interno según lo procesaba he sentido un puñal, ¿cómo iba cualquiera a sacrificarse si la sangre de mi sangre, el responsable de que hoy viva prefiere un altercado conmigo en vez de una posible (que no segura) incomodidad en su vida? Quizá alguien le calificaría de calzonazos, pero es que yo no he visto a mi padre siendo calzonazos desde que le conozco. Así que es posible, sí, es posible que Freud tuviera razón y que busquemos en la pareja rasgos que nos recuerden a nuestro padre o madre, ya que hoy la asociación de ideas, de momentos en mi cabeza ha sido muy clara y muy amarga.

martes, 5 de octubre de 2010

Víctima del tiempo

Una vez más, el otoño, y con él menos luz, menor temperatura, tiempo inestable... Es como si llevara las nubes dentro de mi cerebro y mi corazón. Hasta ayer, apenas era una sensación que me rondaba, una pesadumbre en el ambiente, como quien despierta en un día agobiante por el bochorno. Ayer se transformó. Las nubes negras del cielo amenazaban lluvia y el aire hablaba de la nueva estación. Mi cabeza parecía una centrifugadora y mi corazón estaba comprimido sin poder bombear bien. Entonces me di cuenta que mi otoño había llegado para poner freno a mi ilusión, para hacer de mi día a día una pendiente escarpada donde me tendré que agarrar con empeño para no caer rodando por ella y hundirme una vez más.

Mi maquinaria se paró el jueves pasado y, bueno, siempre me ha costado ponerme a rodar, mucho más si ha llegado el agobiante otoño, que espera un desliz para atacar y llevarte consigo, con su frío, con su oscuridad, para vencerte y dejarte fuera de combate. Además cómo será que cuando te encuentras bien te centras en todo lo que te favorece, y lo que no pasa a un segundo plano, te vuelves optimista, pero cuando estás mal lo bueno es lo que pasa a un segundo plano y comienzas a sentir el asedio de los mismos problemas que tenías antes, pero que estaban ahí detrás dejando delante aquello que te favorecía y te sonreía.

Así es como soy hoy una víctima del tiempo de otoño, de la lluvia, del frío, del viento, de las nubes negras, de todo aquello que te invita a quedarte en casa agazapado bajo una manta y a no querer encarar lo que tienes justo delante.

lunes, 4 de octubre de 2010

Respeto y relaciones sociales varias

Creo que elijo mal a un determinado sector de gente con la que me junto. Trato con respeto a todo aquel con quien me relaciono, pero muchas veces no obtengo a cambio ese mismo respeto que doy. A determinados elementos debería despreciarlos al primer indicio, pero tengo debilidad por los puzzles humanos, aunque al final lo único que consigo es que me lleven los demonios, maldecir al capullo y maldecirme a mí misma. ¿Tan difícil es tratar al resto con un mínimo de respeto, aunque no te importen una mierda? Yo creo que no, la verdad. El respeto es básico, y sin embargo, hay quienes lo niegan a gente con la que interactúan, con la que tienen o han tenido cierta relación... Bueno, tampoco es nuevo que yo ofrezca más de lo que recibo, la verdad, forma una singular parte de mi modo de ser.

Vayamos a ejemplos un poco más específicos. ¿Es normal pedirle apuntes a un compañero, aunque anteriormente no hubieras tratado con él, para luego proseguir como si jamás le hubieras hablado, negándole el saludo? ¿Es normal quizá acostarse con alguien y luego tratarle como si apenas le hubieras saludado alguna vez? ¿Es normal tener conversaciones íntimas y distendidas con alguien y que luego no te coja el teléfono o no responda tus llamadas? Por desgracia, me temo que es más normal, en cuanto a corriente, de lo que debería ser, aunque yo creo que lo más adecuado sería respetar lo suficiente a esa persona como para seguir saludándola ahora que la conoces, hablarla como hasta entonces o más después de haber intimado, y que poco a poco surja una amistad si es que conversáis de un modo tan cómodo. Qué voy a contar yo, que a veces me apetece aislarme de todo lo que me rodea como quien se deja hundir en un mullido sofá y que, sin embargo, cuando me decido a hablar o me cruzo con quien hace tiempo que no hablaba es como si el lapso de tiempo en que no hemos tenido contacto desapareciera.

A mí no me gusta que me traten como a una naranja con la que hacen malabares y finalmente le exprimen el zumo, para tirar su cáscara pues ya han sacado de ella lo que querían (creo que a nadie). Y hablando con amigos y amigas sé que aquí la rara no soy yo, sé que normalmente la gente interacciona y trata con dignidad al de enfrente, aunque lo que para él prime sea sacar cierto beneficio (apuntes, sexo, diversión, etc.), pues no olvidemos que todos somos igual de personas y merecemos el mismo respeto... siempre que estemos respetando.

A fin de cuentas, ¿qué son los amigos? Vale, sí, los amigos son mucho más, porque nos importan, porque les queremos, pero de todas formas sacamos provecho de las amistades en una u otra época y cuando no es un provecho sustancial, siempre nos dan su compañía y apoyo, como nosotros a ellos, porque eso es la amistad.

Pues bien, a ver si dejo ya de dar, dar, dar para luego recibir mucho menos o nada, o justo lo contrario a lo que necesito. Todos necesitamos cierta atención, ¿o no? Y entonces por qué habrá gente que la reciba y no la devuelva... Quizá el egoísmo, quizá un concepto equivocado del mundo, quizá falta de interés, quizá insuficiente implicación y respeto, quizá que les han abducido los extraterrestres, quizá es que padezcan Asperger... Muchos quizás y muchos puzzles por resolver, y cada vez menos ganas de hacerlo cuando la situación se va repitiendo en el tiempo. Para eso, casi mejor no gastar energía ni tiempo en quien no lo merece, dado que no da por mí lo que yo sí por él, ¿o no?