Dos amigos, hablan sobre una chica que apenas conocen:
—Qué buena que está Maite, ¡me pone a mil!
—Pues si supieras cómo la chupa...
sábado, 21 de agosto de 2010
jueves, 19 de agosto de 2010
El sentimiento
Recuerdo esas tardes de invierno que ya de niña me provocaban esa extraña melancolía que no sabía bien de dónde podía venir. ¿Qué es lo que provoca nostalgia cuando tienes cuatro años y toda una vida por delante? No sé de dónde provenía la apatía y tristeza que me invadía. Daba igual que estuviera viendo videoclips o que estuviera pintando, haciendo un puzzle o deberes del colegio, ahí estaba.
Venía con el otoño y se quedaba conmigo hasta la primavera, aunque es verdad que unos días estaba más presente que otros. Recuerdo ese sentimiento que casi no puedo explicar en palabras, ese hueco interior, esas ganas de no hacer nada, esa sensación de vencimiento, esa astenia, esa tristeza inexacta que se adueñaba de mí en momentos. Siempre era de noche, la noche del otoño y el invierno, que en Madrid puede llegar a empezar a las seis de la tarde. Inevitablemente hay imágenes y sonidos que uno a esos momentos, simplemente porque estaban ahí cuando me sentía así. Él estaba allí cuando abría el libro de solfeo, estaba allí cuando veía el clip No more lonely nights de McCartney, estaba allí cuando desmontaba el belén y el árbol de Navidad, estaba allí en las tardes aburridas cuando no lograba entretenerme con nada, estaba allí cuando volvía de las clases de inglés, estaba allí cuando veía el programa del hipódromo... No sé en qué momento empezó a estar allí, pero calculo, por esas imágenes y sonidos, que cuando tenía cuatro años ya formaba parte de mí.
Pasó el tiempo, pero nunca logré que desapareciera. Seguía conmigo, casi siempre de otoño a primavera, como un ave migratoria que baja al sur al acabar el buen tiempo. Pero a medida que pasaban los años, ocurría una anomalía: el sentimiento era capaz de estar conmigo también en primavera y verano, en ciertos días de apatía o abatimiento. Supongo que este sentimiento es el origen de todo, y ni siquiera sé qué lo causaba siendo yo tan niña. Luego fue creciendo conmigo, formando parte de mi vida, inundando partes de mí y saliendo a flote en cualquier momento. Acabó siendo parte de mi forma de ser y carcomiendo una esencia que necesitaba intacta para poder seguir adelante sin que ello me supusiera un mundo.
Hoy sigo sin saber de dónde provenía entonces, aunque sí sé localizarlo, a veces, cuando se inmiscuye en temas que no le conciernen. Ningún tema le concierne, de hecho, pero podría limitarse a estar ahí, causando ese hueco, ese vacío, esa apatía, esa tristeza, sin contaminar mi vida. Podría dejar de tocar mi autoestima, mi desarrollo, mis planes, mis metas. Pero no, hoy ya forma parte de todo y no puedo desterrarlo. Muchas veces me cuesta hasta verlo, y sudo tinta china si alguna vez consigo superar lo que supone. Pero lo he hecho más de una vez. Y me enfrento a él, y no me doy por vencida, y no levanto cabeza. Aún así no pienso entregarme a él y olvidarme de mí, porque, pese a todo, no está en mi naturaleza: para bien o para mal soy de ideas fijas y no está en mis planes dejar de ser como soy.
Venía con el otoño y se quedaba conmigo hasta la primavera, aunque es verdad que unos días estaba más presente que otros. Recuerdo ese sentimiento que casi no puedo explicar en palabras, ese hueco interior, esas ganas de no hacer nada, esa sensación de vencimiento, esa astenia, esa tristeza inexacta que se adueñaba de mí en momentos. Siempre era de noche, la noche del otoño y el invierno, que en Madrid puede llegar a empezar a las seis de la tarde. Inevitablemente hay imágenes y sonidos que uno a esos momentos, simplemente porque estaban ahí cuando me sentía así. Él estaba allí cuando abría el libro de solfeo, estaba allí cuando veía el clip No more lonely nights de McCartney, estaba allí cuando desmontaba el belén y el árbol de Navidad, estaba allí en las tardes aburridas cuando no lograba entretenerme con nada, estaba allí cuando volvía de las clases de inglés, estaba allí cuando veía el programa del hipódromo... No sé en qué momento empezó a estar allí, pero calculo, por esas imágenes y sonidos, que cuando tenía cuatro años ya formaba parte de mí.
Pasó el tiempo, pero nunca logré que desapareciera. Seguía conmigo, casi siempre de otoño a primavera, como un ave migratoria que baja al sur al acabar el buen tiempo. Pero a medida que pasaban los años, ocurría una anomalía: el sentimiento era capaz de estar conmigo también en primavera y verano, en ciertos días de apatía o abatimiento. Supongo que este sentimiento es el origen de todo, y ni siquiera sé qué lo causaba siendo yo tan niña. Luego fue creciendo conmigo, formando parte de mi vida, inundando partes de mí y saliendo a flote en cualquier momento. Acabó siendo parte de mi forma de ser y carcomiendo una esencia que necesitaba intacta para poder seguir adelante sin que ello me supusiera un mundo.
Hoy sigo sin saber de dónde provenía entonces, aunque sí sé localizarlo, a veces, cuando se inmiscuye en temas que no le conciernen. Ningún tema le concierne, de hecho, pero podría limitarse a estar ahí, causando ese hueco, ese vacío, esa apatía, esa tristeza, sin contaminar mi vida. Podría dejar de tocar mi autoestima, mi desarrollo, mis planes, mis metas. Pero no, hoy ya forma parte de todo y no puedo desterrarlo. Muchas veces me cuesta hasta verlo, y sudo tinta china si alguna vez consigo superar lo que supone. Pero lo he hecho más de una vez. Y me enfrento a él, y no me doy por vencida, y no levanto cabeza. Aún así no pienso entregarme a él y olvidarme de mí, porque, pese a todo, no está en mi naturaleza: para bien o para mal soy de ideas fijas y no está en mis planes dejar de ser como soy.
miércoles, 18 de agosto de 2010
No estoy en venta (15/08/2010)
Observando el mundo a mi alrededor, me doy cuenta de que muchos tienen precio y hay hasta quien lo admite como si fuera algo de lo que enorgullecerse en vez de avergonzarse. Algunos lo justifican diciendo que con el mero hecho de trabajar ya te estás poniendo un precio, así que no hay diferencia alguna.
Prestando algo de atención, el argumento se cae por su propio peso. Sí, trabajar normalmente no es plato de gusto, incluso hay bastante gente que odia su trabajo, pero para poder compararlo con el poner precio a alguien, quien trabaja tendría que estar para ello traicionando sus principios, su escala de valores, y si ese fuera el caso, yo le recomendaría cambiar de tarea, que nunca es tarde.
Con venderse o ponerse precio, me refiero a hacer lo que uno, de primeras, no haría porque no cree en ello, porque lo aborrece o porque no lo considera coherente en ese momento. Supongo que todo es cuestión de relativizar y de autoconvencerse de que no tiene importancia. Por algo se empieza. Me pregunto cuáles serían los inicios de Al Capone. Otras veces, simplemente hay que ponerse en la piel del comprado, pues hay quien se cría sin conocer una escala de valores coherente, por lo que para ellos el acto de venderse no es tal, simplemente están negociando una situación que les es favorable. En cualquier caso, creo que sí se puede hablar en cierto grado de falta de escrúpulos. Desde luego, quien carece de ética es mucho más feliz en este juego, pero el que juega a relativizar supongo que acaba por perder la que pudiera tener.
Hay quien piensa que la esencia de este mundo que hemos creado es que todo está en venta. No pretendo erigirme aquí como un modelo de moralidad a seguir, pero sí creo que es bastante triste hipotecar los convencimientos, las ideas, en resumen, lo que nos hace ser las personas que somos, simplemente por dinero. Sobra decir que, como sin sobrevivir no seríamos quienes somos pero tampoco ninguna otra cosa, la anterior afirmación queda invalidada cuando de ello depende el subsistir. Sin embargo, no nos es extraño ver a quien cuando llega a tener una mayor o menor fortuna cambia de principios volviéndose frívolo y viviendo por y para la ostentación. Menos mal que también se da lo contrario: gente que, pese a haber hecho dinero de sobra, vive prácticamente como cualquiera de nosotros y sin haber variado sus hábitos respecto a cuando sus recursos eran menores. Su escala de valores continúa siendo la misma y si ha variado seguramente haya sido a consecuencia del devenir de su vida y no del dinero acumulado.
Desgraciadamente, vivimos en un mundo donde el dinero fascina y muchos olvidan sus compromisos consigo mismos para dejarse seducir por el poder que da, olvidando de dónde viene y lo que simboliza ese dinero y, por supuesto, olvidándose de lo que un día consideró importante.
Prestando algo de atención, el argumento se cae por su propio peso. Sí, trabajar normalmente no es plato de gusto, incluso hay bastante gente que odia su trabajo, pero para poder compararlo con el poner precio a alguien, quien trabaja tendría que estar para ello traicionando sus principios, su escala de valores, y si ese fuera el caso, yo le recomendaría cambiar de tarea, que nunca es tarde.
Con venderse o ponerse precio, me refiero a hacer lo que uno, de primeras, no haría porque no cree en ello, porque lo aborrece o porque no lo considera coherente en ese momento. Supongo que todo es cuestión de relativizar y de autoconvencerse de que no tiene importancia. Por algo se empieza. Me pregunto cuáles serían los inicios de Al Capone. Otras veces, simplemente hay que ponerse en la piel del comprado, pues hay quien se cría sin conocer una escala de valores coherente, por lo que para ellos el acto de venderse no es tal, simplemente están negociando una situación que les es favorable. En cualquier caso, creo que sí se puede hablar en cierto grado de falta de escrúpulos. Desde luego, quien carece de ética es mucho más feliz en este juego, pero el que juega a relativizar supongo que acaba por perder la que pudiera tener.
Hay quien piensa que la esencia de este mundo que hemos creado es que todo está en venta. No pretendo erigirme aquí como un modelo de moralidad a seguir, pero sí creo que es bastante triste hipotecar los convencimientos, las ideas, en resumen, lo que nos hace ser las personas que somos, simplemente por dinero. Sobra decir que, como sin sobrevivir no seríamos quienes somos pero tampoco ninguna otra cosa, la anterior afirmación queda invalidada cuando de ello depende el subsistir. Sin embargo, no nos es extraño ver a quien cuando llega a tener una mayor o menor fortuna cambia de principios volviéndose frívolo y viviendo por y para la ostentación. Menos mal que también se da lo contrario: gente que, pese a haber hecho dinero de sobra, vive prácticamente como cualquiera de nosotros y sin haber variado sus hábitos respecto a cuando sus recursos eran menores. Su escala de valores continúa siendo la misma y si ha variado seguramente haya sido a consecuencia del devenir de su vida y no del dinero acumulado.
Desgraciadamente, vivimos en un mundo donde el dinero fascina y muchos olvidan sus compromisos consigo mismos para dejarse seducir por el poder que da, olvidando de dónde viene y lo que simboliza ese dinero y, por supuesto, olvidándose de lo que un día consideró importante.
Harta (15/08/2010)
Estoy harta, harta de mí y del mundo que me rodea:
harta de la falsedad de la gente,
harta del sufrimiento,
harta de la hipocresía,
harta del individualismo,
harta de no lograr mis metas,
harta del desamor,
harta de que me digan lo que he de hacer,
harta de padecer,
harta de quejarme,
harta de sentir que no encajo en ningún sitio,
harta de desear pertenecer a un grupo y así sentirme aceptada y parte de algo,
harta de envidiar a los que han conseguido algo en la vida,
harta de soñar despierta, harta de sentirme sola,
harta de ser un bicho raro hasta para mi propia familia,
harta de que me dejen por imposible,
harta de mi complejo de culpa,
harta de portarme bien con todos,
harta de ser débil,
harta de resistir lo que me echen,
harta de que me tomen por tonta,
harta de llorar por todo,
harta de sentirme frágil,
harta de ser tan complaciente,
harta de la falta de valores del mundo,
harta de la inmadurez de la gente,
harta de estar siempre cansada,
harta de desear lo que no puedo tener,
harta de querer ser como el resto,
harta de desear que se fijen en mí,
harta de querer pasar desapercibida,
harta de mi permanente insatisfacción,
harta de no saber comportarme de acuerdo a las circunstancias,
harta de mi particular timidez y fobia social,
harta de no lograrlo,
harta de esforzarme,
harta de pasado y presente, y un prometedor futuro que nunca llega,
harta de la ansiedad,
harta de los miedos,
harta de la incoherencia a mi alrededor,
harta de los tíos,
harta de las tías,
harta de sentirme estafada y defraudada,
harta de las reglas,
harta de la pereza,
harta de que mi cerebro no pare y vaya por libre,
harta de las contradicciones,...
harta del sufrimiento,
harta de la hipocresía,
harta del individualismo,
harta de no lograr mis metas,
harta del desamor,
harta de que me digan lo que he de hacer,
harta de padecer,
harta de quejarme,
harta de sentir que no encajo en ningún sitio,
harta de desear pertenecer a un grupo y así sentirme aceptada y parte de algo,
harta de envidiar a los que han conseguido algo en la vida,
harta de soñar despierta, harta de sentirme sola,
harta de ser un bicho raro hasta para mi propia familia,
harta de que me dejen por imposible,
harta de mi complejo de culpa,
harta de portarme bien con todos,
harta de ser débil,
harta de resistir lo que me echen,
harta de que me tomen por tonta,
harta de llorar por todo,
harta de sentirme frágil,
harta de ser tan complaciente,
harta de la falta de valores del mundo,
harta de la inmadurez de la gente,
harta de estar siempre cansada,
harta de desear lo que no puedo tener,
harta de querer ser como el resto,
harta de desear que se fijen en mí,
harta de querer pasar desapercibida,
harta de mi permanente insatisfacción,
harta de no saber comportarme de acuerdo a las circunstancias,
harta de mi particular timidez y fobia social,
harta de no lograrlo,
harta de esforzarme,
harta de pasado y presente, y un prometedor futuro que nunca llega,
harta de la ansiedad,
harta de los miedos,
harta de la incoherencia a mi alrededor,
harta de los tíos,
harta de las tías,
harta de sentirme estafada y defraudada,
harta de las reglas,
harta de la pereza,
harta de que mi cerebro no pare y vaya por libre,
harta de las contradicciones,...
domingo, 15 de agosto de 2010
Planes
Pienso mucho, pienso demasiado. Sigo sintiendo un hueco en mi interior que debo llenar. Y tengo que ser yo, nadie va a hacerlo por mí. A veces me siento llena de ilusión y otras desesperanzada.
Tengo miedo de que el futuro que espero nunca llegue, porque espero mucho de él. Mientras tanto, intento olvidar y terminar de superar parte de mi pasado, buena parte aún reciente, y aprovechar el presente, que es una de mis asignaturas pendientes. La ilusión mantiene mis esperanzas y me anima a vivir el presente para llegar al futuro que deseo. Aun así, siempre queda el miedo y la incertidumbre, generatrices de ansiedad que trato de evitar por todos los medios.
Soy muy joven, ¿de verdad tengo ya treinta? Yo tengo ganas de soñar, experimentar, disfrutar, siento que me queda tanto que me sitúo mentalmente más en la veintena que en la treintena. Quizá el establecerme no sea para mí, porque me veo muy lejos de elllo, aún creo que puedo cumplir muchos sueños que, en el pasado, esperaba tener ya realizados. Quiero ver más mundo, quiero conocer más gente, quiero ampliar mis horizontes, por mucho reparo que todo ello me dé. Ansío amistades que compartan mis intereses e inquietudes, porque me gusta socializar y también hacer las cosas acompañada, pues al final el disfrute es mayor si se comparte: películas, viajes, salidas, todo mejora en compañía.
El amor, por otro lado, no es algo de lo que huya, pero puedo afirmar que no me preocupa y que, hoy por hoy, prefiero no verme de nuevo en sus garras, pues necesito algo de paz en mi alma y me aterra volver a sufrir. Necesito ser yo mi prioridad, y no otro. Aparte, mi corazón está asolado y no creo que ahora mismo pueda crecer en él ni una brizna de hierba.
En cualquier caso, mientras hay vida hay esperanza, que se suele decir.
Tengo miedo de que el futuro que espero nunca llegue, porque espero mucho de él. Mientras tanto, intento olvidar y terminar de superar parte de mi pasado, buena parte aún reciente, y aprovechar el presente, que es una de mis asignaturas pendientes. La ilusión mantiene mis esperanzas y me anima a vivir el presente para llegar al futuro que deseo. Aun así, siempre queda el miedo y la incertidumbre, generatrices de ansiedad que trato de evitar por todos los medios.
Soy muy joven, ¿de verdad tengo ya treinta? Yo tengo ganas de soñar, experimentar, disfrutar, siento que me queda tanto que me sitúo mentalmente más en la veintena que en la treintena. Quizá el establecerme no sea para mí, porque me veo muy lejos de elllo, aún creo que puedo cumplir muchos sueños que, en el pasado, esperaba tener ya realizados. Quiero ver más mundo, quiero conocer más gente, quiero ampliar mis horizontes, por mucho reparo que todo ello me dé. Ansío amistades que compartan mis intereses e inquietudes, porque me gusta socializar y también hacer las cosas acompañada, pues al final el disfrute es mayor si se comparte: películas, viajes, salidas, todo mejora en compañía.
El amor, por otro lado, no es algo de lo que huya, pero puedo afirmar que no me preocupa y que, hoy por hoy, prefiero no verme de nuevo en sus garras, pues necesito algo de paz en mi alma y me aterra volver a sufrir. Necesito ser yo mi prioridad, y no otro. Aparte, mi corazón está asolado y no creo que ahora mismo pueda crecer en él ni una brizna de hierba.
En cualquier caso, mientras hay vida hay esperanza, que se suele decir.
jueves, 12 de agosto de 2010
Intuición
Pasamos la vida haciendo planes que cambiamos para adaptarlos a las distintas situaciones que se van sucediendo. Algunos somos de ideas más bien fijas y otros no tanto, pero todos buscamos algo. La perseverancia influye, la suerte o la casualidad y, aun así, tampoco es raro llegar a sentir que somos hojas movidas por el viento que se van encontrando en el camino.
Todos hemos tenido que lidiar con malas experiencias, malas situaciones, personas que no eran de nuestro agrado y que incluso nos han puesto alguna zancadilla, pero también todos nos hemos cruzado con gente con quien conectamos, hemos vivido situaciones agradables y compartido momentos dignos del recuerdo.
Resulta a veces paradójico lo perdido que puede estar alguien y de la noche al día sentirse encontrado. Puede que sean pequeñas cosas las que nos salvan, minucias que van cayendo en el colador y van haciendo poso hasta que éste es lo suficientemente grande como para afectar positivamente. Otras veces es alguien quien nos salva: algún familiar, un amigo, un desconocido, alguien que estaba en el sitio y el lugar adecuados.
Cada cierto tiempo, frente a distintas dificultades, intento verme a mí misma como a alguien independiente, idealizo una figura que no necesita socializar para ser feliz y plena, aunque la realidad sea otra bien distinta. De hecho, últimamente hago caso a mi lado social, aunque no sea la persona más abierta del planeta, al menos a priori. Lo que nunca dejará de sorprenderme, pese a haberlo vivido en más de una ocasión es cómo hay ocasiones en que coincides con otra persona con la que conectas desde un principio, casi oyendo ese "click". Con conectar no me refiero a que esa persona sea tu alma gemela, comparta todos tus intereses o vaya a ser el amor de tu vida, me refiero a que es alguien con quien te sientes a gusto y notas puedes abrirte a ella porque se ha creado una unión profunda en cuestión de horas. No hablo de amor, hablo de amistades, hablo de uniones entre personas.
Me maravillan los misterios de la psique humana que hacen posibles estas conexiones. Supongo que tenemos sentidos de los que no somos conscientes y que detectan cosas que nos pasan desapercibidas si intentamos racionalizarlas. Esto quedaría explicado si tenemos más instinto animal del que creemos, que queda patente en ejemplos como este, cuando elegimos pareja o cómo sin conocer a alguien podemos sentir un rechazo irracional (aunque sea leve) cuando nos lo acaban de presentar y no puede estar fundamentado. Es la misma sensibilidad que nos dice de primeras si nos podemos fiar de una persona o no. No es infalible, pues no es raro que nos podamos equivocar y que haya gente que nos decepcione, pero en general, solemos confiar en esta intuición, que suele dar en el clavo.
Todos hemos tenido que lidiar con malas experiencias, malas situaciones, personas que no eran de nuestro agrado y que incluso nos han puesto alguna zancadilla, pero también todos nos hemos cruzado con gente con quien conectamos, hemos vivido situaciones agradables y compartido momentos dignos del recuerdo.
Resulta a veces paradójico lo perdido que puede estar alguien y de la noche al día sentirse encontrado. Puede que sean pequeñas cosas las que nos salvan, minucias que van cayendo en el colador y van haciendo poso hasta que éste es lo suficientemente grande como para afectar positivamente. Otras veces es alguien quien nos salva: algún familiar, un amigo, un desconocido, alguien que estaba en el sitio y el lugar adecuados.
Cada cierto tiempo, frente a distintas dificultades, intento verme a mí misma como a alguien independiente, idealizo una figura que no necesita socializar para ser feliz y plena, aunque la realidad sea otra bien distinta. De hecho, últimamente hago caso a mi lado social, aunque no sea la persona más abierta del planeta, al menos a priori. Lo que nunca dejará de sorprenderme, pese a haberlo vivido en más de una ocasión es cómo hay ocasiones en que coincides con otra persona con la que conectas desde un principio, casi oyendo ese "click". Con conectar no me refiero a que esa persona sea tu alma gemela, comparta todos tus intereses o vaya a ser el amor de tu vida, me refiero a que es alguien con quien te sientes a gusto y notas puedes abrirte a ella porque se ha creado una unión profunda en cuestión de horas. No hablo de amor, hablo de amistades, hablo de uniones entre personas.
Me maravillan los misterios de la psique humana que hacen posibles estas conexiones. Supongo que tenemos sentidos de los que no somos conscientes y que detectan cosas que nos pasan desapercibidas si intentamos racionalizarlas. Esto quedaría explicado si tenemos más instinto animal del que creemos, que queda patente en ejemplos como este, cuando elegimos pareja o cómo sin conocer a alguien podemos sentir un rechazo irracional (aunque sea leve) cuando nos lo acaban de presentar y no puede estar fundamentado. Es la misma sensibilidad que nos dice de primeras si nos podemos fiar de una persona o no. No es infalible, pues no es raro que nos podamos equivocar y que haya gente que nos decepcione, pero en general, solemos confiar en esta intuición, que suele dar en el clavo.
miércoles, 4 de agosto de 2010
A castillo derruido...
Me levanto como un zombie, incluso me duele la cabeza como si la hubieran usado como coctelera. Paso el día somnolienta, como si no fuera dueña de mí, porque no tengo ganas de serlo. Algo mundano me agobia, en realidad son varias cosas. Como siempre, me imagino fuera de mi mundo, cambiando lo que me rodea para saber si puedo encontrar algo con lo que motivarme a seguir adelante con cierta ilusión, con ganas.
Ha sido un varapalo darme cuenta de que mis planes de futuro no iban a ser la seda que imaginé, pero estoy acostumbrada a estas cosas, y es cuestión de días el volverme a poner en funcionamiento con ilusión y expectación. Y ya lo estoy deseando, pero me siento insegura en mis pasos, han sido tantos los pasos en falso, que no puedo evitarlo. A veces me gustaría no tener que decidir, que fuera alguien externo a mi vida quien lo hiciera, pero es hora de tomar las riendas, aunque ello suponga equivocarse una vez más.
La verdad es que soy optimista, pero siempre queda un resquicio de inseguridad (en este caso no es pequeño) y en mi caso, además, un reparo que vino dado por el venirse abajo abruptamente el mundo que había diseñado para mi futuro.
Puedo correr, pero al menos tengo que hacerlo en una dirección, no puedo huír de todo. Si además esa dirección me permite llegar a algún sitio, aún mejor, aunque para ello tenga que dar un rodeo por querer evitar la gran roca que había en el anterior camino.
Ha sido un varapalo darme cuenta de que mis planes de futuro no iban a ser la seda que imaginé, pero estoy acostumbrada a estas cosas, y es cuestión de días el volverme a poner en funcionamiento con ilusión y expectación. Y ya lo estoy deseando, pero me siento insegura en mis pasos, han sido tantos los pasos en falso, que no puedo evitarlo. A veces me gustaría no tener que decidir, que fuera alguien externo a mi vida quien lo hiciera, pero es hora de tomar las riendas, aunque ello suponga equivocarse una vez más.
La verdad es que soy optimista, pero siempre queda un resquicio de inseguridad (en este caso no es pequeño) y en mi caso, además, un reparo que vino dado por el venirse abajo abruptamente el mundo que había diseñado para mi futuro.
Puedo correr, pero al menos tengo que hacerlo en una dirección, no puedo huír de todo. Si además esa dirección me permite llegar a algún sitio, aún mejor, aunque para ello tenga que dar un rodeo por querer evitar la gran roca que había en el anterior camino.
domingo, 1 de agosto de 2010
Hoy
El calor extremo atosiga, se hace difícil respirar ese aire que parece salido de un horno de panadería. Todo se va secando irremediablemente, incluso mi alegría. Pero me queda el consuelo de que ninguna temporada es eterna y aunque parece algo marchita, reverdecerá tarde o temprano.
Qué a gusto estaba yo sola, y vuelven las absurdas reglas, las obsesiones vacías y el control del falso orden. Pero es fachada, y esa fachada caerá o yo me iré a estar sola, porque no soporto la obsesión desmedida y absurda y el trato infantil.
Tengo 30 años, para lo bueno y para lo malo, aunque no se me permita. Quiero decir, que si me quieres ayudar, bien, pero si quiero tirar mi vida por el retrete es sólo asunto mío. No me van los yugos, no me va el control excesivo y vacío, será por haberlo sufrido en otra época, no me va vivir así, y sin embargo, aquí estoy aguantando el todo por el todo y haciéndome la sueca para no enfrentarme a la realidad que me rodea, una realidad mediocre de la que intento escapar.
No tratéis de buscar sentido a mis palabras pues puede que lo tengan, pero puede que sólo sean un cúmulo de ideas sin objeto ni fin, las ideas de una loca de la vida...
Qué a gusto estaba yo sola, y vuelven las absurdas reglas, las obsesiones vacías y el control del falso orden. Pero es fachada, y esa fachada caerá o yo me iré a estar sola, porque no soporto la obsesión desmedida y absurda y el trato infantil.
Tengo 30 años, para lo bueno y para lo malo, aunque no se me permita. Quiero decir, que si me quieres ayudar, bien, pero si quiero tirar mi vida por el retrete es sólo asunto mío. No me van los yugos, no me va el control excesivo y vacío, será por haberlo sufrido en otra época, no me va vivir así, y sin embargo, aquí estoy aguantando el todo por el todo y haciéndome la sueca para no enfrentarme a la realidad que me rodea, una realidad mediocre de la que intento escapar.
No tratéis de buscar sentido a mis palabras pues puede que lo tengan, pero puede que sólo sean un cúmulo de ideas sin objeto ni fin, las ideas de una loca de la vida...
sábado, 31 de julio de 2010
Pensamientos pasados: 14/07/2010
Un hormigueo, emoción y sobredosis de azúcar. La emoción se transforma en ilusión, por mucho que intente convencerme de lo contrario. Desconozco el terreno que piso, aunque intento orientarme. Es difícil cuando las señales inducen a confusión. No me gusta abandonarme a las emociones porque tengo miedo al sufrimiento. Intento ir con pies de plomo, afianzando cada paso, pero sentir es inevitable, al menos yo no conozco la manera de poner freno a lo que llevo dentro. Quisiera ser más sabia, o al menos más desconfiada, para protegerme, pero lo único que me sale es la sinceridad. Es por cosas como esta por las que me intento autoconvencer de que estoy mejor completamente sola, pero no termino de conseguirlo.
Había pasado ya suficiente tiempo como para ilusionarme de nuevo y simplemente surgió. Apareció un desconocido con potencial, alguien que mostró interés y que interesaba. La cosa no hacía plantearse nada hasta un exceso de atención, sobredosis de azúcar. Incredulidad pero grata sorpresa y posterior aceptación. Ilusión, respuesta en igual medida y de repente nada, vacío. Incertidumbre, indicios difíciles de interpretar, impotencia, intentos de aclarar qué ha pasado y cuál es la situación sin hallar respuesta alguna al otro lado. Al final, es más prudente abandonar un juego que se desconoce y donde no se quieren dejar claras las instrucciones. Puede comenzarse de nuevo, pueden explicarse las reglas o puede perderse para siempre, en cualquier caso ya no está en mi mano. Es lo más sensato.
Pero para este viaje no hacía falta tanta alforja, que yo nunca pedí nada y para ilusionar y luego que se venga abajo esa ilusión, casi mejor te ahorras lo primero... Aún no encajo cómo alguien puede cambiar radicalmente su conducta de un día para otro, si todo era una táctica o engaño desde el principio (cosa que me resisto a creer, pues no soy tan malpensada y además sería muy maquiavélico) o si algo pasó a su alrededor que le hiciera virar. También puede que captara mal las insinuaciones posteriores, pero tampoco tendría demasiado sentido. En cualquier caso, quisiera saberlo.
Mi principal defecto en estos casos es que veo a los demás como un puzzle donde tengo que lograr encajar las piezas, tengo que resolverlo para poder quedar en paz.
Había pasado ya suficiente tiempo como para ilusionarme de nuevo y simplemente surgió. Apareció un desconocido con potencial, alguien que mostró interés y que interesaba. La cosa no hacía plantearse nada hasta un exceso de atención, sobredosis de azúcar. Incredulidad pero grata sorpresa y posterior aceptación. Ilusión, respuesta en igual medida y de repente nada, vacío. Incertidumbre, indicios difíciles de interpretar, impotencia, intentos de aclarar qué ha pasado y cuál es la situación sin hallar respuesta alguna al otro lado. Al final, es más prudente abandonar un juego que se desconoce y donde no se quieren dejar claras las instrucciones. Puede comenzarse de nuevo, pueden explicarse las reglas o puede perderse para siempre, en cualquier caso ya no está en mi mano. Es lo más sensato.
Pero para este viaje no hacía falta tanta alforja, que yo nunca pedí nada y para ilusionar y luego que se venga abajo esa ilusión, casi mejor te ahorras lo primero... Aún no encajo cómo alguien puede cambiar radicalmente su conducta de un día para otro, si todo era una táctica o engaño desde el principio (cosa que me resisto a creer, pues no soy tan malpensada y además sería muy maquiavélico) o si algo pasó a su alrededor que le hiciera virar. También puede que captara mal las insinuaciones posteriores, pero tampoco tendría demasiado sentido. En cualquier caso, quisiera saberlo.
Mi principal defecto en estos casos es que veo a los demás como un puzzle donde tengo que lograr encajar las piezas, tengo que resolverlo para poder quedar en paz.
Pensamientos pasados: 10/07/2010
Para quien no lo sepa, Pavlov era un tío muy listo que experimentó con perritos (qué le harían los pobres) y a su descubrimiento lo llamó reflejo condicionado. El colega se preguntaba si una respuesta inconsciente del organismo podía asociarse a un estímulo externo que a priori no tuviera nada que ver con esta respuesta. Así consiguió, tras exponer a sus perros al sonido de una campana cada vez que les servía comida, que éstos terminaran salivando (y echando jugos gástricos) simplemente con oír el sonido y eliminando el estímulo directo.
Cultura general aparte, hace años leí un artículo sobre etología, o como algunos lo llaman, psicología animal. Cada animal, y especialmente si se ha criado con los de su especie, posee un aconducta instintiva prefijada, lo que les lleva a comportarse de una determinada forma en cada situación, y lo que también les influye en su mayor o menor facilidad para incorporar en su código una u otra conducta adquirida. Aunque pueda parecerlo y nosotros tendamos a personalizarlos, no dejan de ser animales movidos por instinto. De la misma forma que no podemos esperar que un niño deje de repetir un mal comportamiento si le reímos la gracia, tampoco se puede esperar que un perro obedezca si een nuestro modo de comportarnos está leyendo alto y claro que él es quien manda, el jefe de la manada. Así luego pasa que cuando se vuelven viejos y cascarrabias nos extraña que nos muerdan y lo asociamos a que "no nos quieren", cuando lo que pasa realmente es que por viejo se ha vuelto menos permisivo con nuestras tocadas de huevos y falta de respeto hacia él, que es el líder.
Pues bien, tras mi larga carrera como socióloga y antropóloga puedo afirmar sin temor a equivocarme que hombres y mujeres pertenecen a especies distintas, con diferentes patrones de conducta, pues es la única manera de explicar coherentemente que no nos entendamos y que generemos tanto desconcierto en el sexo opuesto. Yo muchas veces me siento como esos perritos, que al principio no esperaban oír una campana pero que, a fuerza de repetirlo, aprendieron a esperarlo. Al final nos acostumbramos fácilmente a cualquier cosa, especialmente si nos agrada, para luego ponernos a salivar sin recibir la comida, con los desajustes fisiológicos que ello conlleva.
viernes, 2 de julio de 2010
Identidad
Hace cosa de año y pico me encontré a mí misma. No es algo extraordinario, cada cierto tiempo me pasa, es inevitable, y además me acaba gustando. En esa ocasión me encontré en mi segunda adolescencia, pero aprovechándola mejor, que la primera fue más un sinvivir que un período de aprendizaje y experimentación (¿o eso se hace en la post-adolescencia?).
Hace poco he vuelto a encontrarme, a centrarme en mí, a reorganizarme y sosegarme. Un momento, ¿sosegarme? Bueno, sí, en muchos aspectos, pero sin embargo parece que esté despertando en mí un monstruo dormido al que yo no conocía, o al menos, no había visto. Me encuentro un poco desaforada y ahora mismo no sé si es mi verdadera naturaleza, a la que no dejé salir antes, o simplemente se trata de la etapa que no tuve la vez primera y que ahora reclama su sitio.
No sé dónde ni cómo ubicar esta nueva faceta de mí misma, no sé aún si se quedará y se hará la dueña y señora dejando otras de lado o desterrándolas para siempre. ¿Qué es lo que me preocupa? Pues que con 30 años mi persona debería estar ya del todo formada y ser bien conocida y, sin embargo, me pregunto si todo esto no será más que otro tópico de esos que sirven para encorsetarse y reprimirse... Casi mejor voy a dedicarme a vivir, que lo otro ya lo he probado y no me satisface demasiado. Pero aún así, ¿y si esa niña inocente, tímida y algo pícara con la que me identificaba plenamente diera paso a otra más despreocupada y hedonista? Seguramente no estaría nada mal, pero me da miedo no reconocerme y quedarme un poco perdida por el camino sin saber dónde agarrarme por no haber pasado por allí antes. Quizá sí esté mayor para estos trotes...
Pese a todo, pese a las vueltas que pueda dar todo esto en mi cabeza, sé que debo dejarme llevar por mi instinto y mis sentidos, porque ya llevo mucho rodado como para seguir negándome a mí misma el experimentar la vida.
martes, 15 de junio de 2010
Desarrollo
Aún no sé cómo nombrar esta entrada, no sé ni de lo que va a tratar. A menudo, a solas conmigo misma se me ocurren temas geniales sobre los que divagar, reflexionar, escribir. Luego me encuentro a solas frente al teclado y la pantalla y la inspiración se evapora.
Hoy estoy más cansada porque parte de la jornada la he pasado de pie, pero no quiero dejar irse otro día más sin escribir algo, y eso que no tengo ni idea de qué decir. Diría muchas cosas, pero ahora mismo todo pasa por mi cabeza de puntillas, sin empaparme lo suficiente.
Mi cerebro hierve cuando estoy a punto de dormir, a veces en la ducha, cuando voy sola en el coche mientras canturreo... Es igual que cuando intento tomar nota mental de una buena canción para recordar ponerla en la lista de reproducción o bajármela, cuando quiero recordarla ya no está, ha desaparecido.
Desde hace ya tiempo, me cuesta concentrarme y aunque ahora la cosa va mejorando, a veces el cansancio me puede y me dejo llevar por la vaguería casi absoluta. Error. Debería dejarme llevar, sí, pero por entusiasmo, que es lo que realmente podría conducirme a algo parecido a la satisfacción, al menos de ver que hago cosas que me apetecen y estimulan.
Pero estoy contenta y pienso en positivo, eso es un gran cambio que he logrado con la perseverancia, y no quiero quitarle el peso que tiene. Porque son las pequeñas cosas las que van marcando la diferencia, que llegado un punto, puede inclinar la balanza hacia uno u otro lado y determinar cualquier decisión por tomar, puesto que en ellas el humor de que esté tiene mucho que decir. Otras veces ya he apuntado que mi estado de ánimo es bastante voluble según el ambiente en el que esté y el contexto que me rodee, pero además esto es como los tintes tono sobre tono: si pequeñas cosas me hacen ser positiva, seguiré cogiendo fuerza y virando hacia un color, poco a poco, hasta llegar a él.
Y no sé si se me entiende bien, mal o regular, pero en realidad tampoco tengo muchas ganas de pensarlo, me basta saber que llego a casa contenta después de trabajar y que, pese a no haber ningún cambio sustancial en mi día a día más allá de la rutina del trabajo (ninguna cima conquistada, ni tan siquiera un puerto de tercera), ha cambiado mi modo de ver mi mundo y ya no me siento amargada, condenada, maldita y por ello triste, sino positiva y en buen grado alegre. Vuelvo a sentirme bien, y me gusta.
Hoy estoy más cansada porque parte de la jornada la he pasado de pie, pero no quiero dejar irse otro día más sin escribir algo, y eso que no tengo ni idea de qué decir. Diría muchas cosas, pero ahora mismo todo pasa por mi cabeza de puntillas, sin empaparme lo suficiente.
Mi cerebro hierve cuando estoy a punto de dormir, a veces en la ducha, cuando voy sola en el coche mientras canturreo... Es igual que cuando intento tomar nota mental de una buena canción para recordar ponerla en la lista de reproducción o bajármela, cuando quiero recordarla ya no está, ha desaparecido.
Desde hace ya tiempo, me cuesta concentrarme y aunque ahora la cosa va mejorando, a veces el cansancio me puede y me dejo llevar por la vaguería casi absoluta. Error. Debería dejarme llevar, sí, pero por entusiasmo, que es lo que realmente podría conducirme a algo parecido a la satisfacción, al menos de ver que hago cosas que me apetecen y estimulan.
Pero estoy contenta y pienso en positivo, eso es un gran cambio que he logrado con la perseverancia, y no quiero quitarle el peso que tiene. Porque son las pequeñas cosas las que van marcando la diferencia, que llegado un punto, puede inclinar la balanza hacia uno u otro lado y determinar cualquier decisión por tomar, puesto que en ellas el humor de que esté tiene mucho que decir. Otras veces ya he apuntado que mi estado de ánimo es bastante voluble según el ambiente en el que esté y el contexto que me rodee, pero además esto es como los tintes tono sobre tono: si pequeñas cosas me hacen ser positiva, seguiré cogiendo fuerza y virando hacia un color, poco a poco, hasta llegar a él.
Y no sé si se me entiende bien, mal o regular, pero en realidad tampoco tengo muchas ganas de pensarlo, me basta saber que llego a casa contenta después de trabajar y que, pese a no haber ningún cambio sustancial en mi día a día más allá de la rutina del trabajo (ninguna cima conquistada, ni tan siquiera un puerto de tercera), ha cambiado mi modo de ver mi mundo y ya no me siento amargada, condenada, maldita y por ello triste, sino positiva y en buen grado alegre. Vuelvo a sentirme bien, y me gusta.
viernes, 28 de mayo de 2010
Dios los cría
Es curioso como van pasando las etapas en la vida y, a veces, me da por pensar en cómo he acabado así. Me estoy refiriendo a mi vida social.
En el colegio es fácil hacer amigos: conoces a los otros niños a los 3 ó 4 años y luego pasas 10 años con ellos (al menos antes, cuando existía la EGB). Luego viene el instituto, y normalmente acabas en alguno donde van varios de tus amigos. Mi caso, naturalmente, no fue el normal, y acabé en un instituto donde no iba nadie a quien conociera, ni aunque fuera de vista. Aquí ya es más complejo llevarte bien con todo el mundo, ya que las personalidades no están hechas, pero sí marcadas. Cuando yo entré en el instituto mi timidez era patológica: el corazón se me salía del pecho sólo por dirigirme a alguien que no conocía o cuando me preguntaba un profesor en clase. Recuerdo mi primer día, además de por ver grupitos de gente que se conocía, porque a mi pierna le dio por temblar y saltar sola, con vida propia, y no paró en todo el día. Por fortuna siempre existe lo opuesto a uno, así que hay gente extremadamente extrovertida que inicia las conversaciones por ti, aunque te vea con cara de perro. A lo que iba es a que pasas 4 años en el instituto y te juntas con quienes tienen tus mismas tendencias. Así fue como acabé con gente que no era conocida precisamente por ser popular. Por un lado con gente tímida y estudiosa (aunque yo de estudiosa no tenía tanto como pudiera parecer) y por asimilación con los amigos que ellos conocían y que también iban a clase en el mismo centro. De espabile también andaban como yo.
Como buena muestra de adolescente, pasaba la vida encerrada en mí misma, a caballo entre mis nuevas amistades y mis las antiguas del colegio. Recuerdo a mis padres decirme que los amigos se hacen en el instituto, que en el colegio estás poco definido, y luego en la facultad lo estás demasiado. Pero yo no me enteraba de la misa la media e iba con mi actitud miope a todas partes, aparte de que mi mundo era el blanco y el negro y, si veía algo que no estaba tolerado por mi pequeña mentalidad, automáticamente esa persona quedaba proscrita para relacionarme con ella. Recuerdo pasarlo mal, recuerdo a la gente metiéndose conmigo pese a no meterme yo con nadie, recuerdo emparanoiarme pensando en cuánto me odiarían todos y recuerdo mi deseo de ser normal.
Algo ocurrió, aunque el punto de inflexión estaba por llegar. La gente que se dividía por las letras de las distintas clases se mezcló durante el viaje de tercero a mis ojos y por otros vi que quizá yo podía ser diferente, en vez de esa chica encasillada en el rol de listilla. No tuve mucha relación, la verdad, y el siguiente curso fue aún peor para mí cuando todo comenzó y todo se vino abajo, cuando llegué a ese punto de inflexión del que antes hablaba.
Me sentía socialmente rechazada, fuera de lugar, no quería salir por miedo a ser ridícula y patética. No quería ser lo que los demás decían que era y además no sabía ni qué era realmente. Tuve una rebelión interna, un pánico horrible y todo acabó en un parto. Y digo en un parto porque pese a que me dolió un horror y me quedé paralizada, comencé a dejar salir a mi verdadero yo, ese que ni yo misma conocía. Evidentemente, tenía mucho de mi vida anterior, pero al mismo tiempo era muy diferente. Por fin tenía ganas de vivir, de salir, de divertirme y de conocer gente, aunque siguiera sintiéndome mal, esta vez ya por causas diferentes.
Me junté y conocí a gente interesante, exploré la vida social y vi que, por qué no, yo encajaba en ella, mientras los demás veían que yo era como cualquiera: me divertía y sonreía, y me dejaba llevar por raro que pareciera. Aunque aún me quedaba mucho por delante y mucho de mí por aprender, y creo que nunca acabaré de conocerme a mí misma.
En la facultad conocí gente. Algunos tenían más en común conmigo que otros, pero al final todo el mundo da decepciones, compartan más o menos contigo. La época de parejas trajo consigo el aislamiento, aunque yo intentara por todos los medios que no fuera así. Luego vino la migración a Barcelona, donde todo me era ajeno, y el hacer amigos de nuevo, en la facultad o fuera de ella.
La última etapa fue en mi última empresa, y soy consciente de mi suerte, pues hacer buenas migas con prácticamente toda una oficina es un milagro, y yo encontré un regalo que esperaba a ser abierto.
Por supuesto, no se trata de enumerar todas las personas importantes en mi vida, sino de pintar un poco las situaciones sociales por donde he pasado.
Y volví a Madrid y volví a mi vida tal y como era antes, pues de nuevo la vida parejil es un muro entre las amistades. Y me relaciono con gente que conocí en su momento a través de ese invento llamado internet, que aún hoy es considerado como una vía para frikis y asociales. Y precisamente por relacionarme con gente que conocí por internet en un primer momento no es por lo que yo me considero rara, y lo raro de mí poco tiene que ver con la red, pero eso no es óbice para que si cuentas que tienes un grupo de amigos que conociste por ese medio o que vives con tu pareja que ídem de ídem alguien te dirija una mirada sospechosa como si fueras un asesino en serie.
En conclusión, qué difícil es relacionarse socialmente. En mi dualidad tímida-extrovertida me cuesta mucho conocer a quien cuadre conmigo. Me gusta salir con gente, ya no me da tanto miedo a conocer a extraños, amigos de fulanito, pero sí entablar una posible amistad con ellos, pues no soy proclive a dar pasos. Es como si desconociera las reglas del juego y acabara en un hoyo que yo misma cavo. A veces me retraigo demasiado, otras me embalo sin remedio. Soy como soy. Además, soy exigente y busco gente con quien poder hablar de actualidad o de cultura. No es que yo sea especialmente cultivada, pero discuto con emoción de temas que me resultan interesantes, y esos son demasiados. Recuerdo con nostalgia los tiempos de botellón donde arreglábamos el mundo entre cuatro o cinco o desarrollábamos una nueva teoría filosófica. Eso no quiere decir que no me diviertan las conversaciones sobre Callejeros o Carmen Lomana, pero en la variedad está el gusto.
Al final, releyéndome, tampoco resulta raro si cuento que soy una persona inconstante y algo bipolar, por lo que difícil es que encuentre a estas alturas a gente que pueda aguantar mis euforias y bajones al tiempo que me entretiene, salvando a mis viejos conocidos, a quienes para mi desgracia, veo de pascuas a ramos. Pero, ¿de qué iba esto? Ah, sí, de la dificultad de tener una vida social satisfactoria.
En el colegio es fácil hacer amigos: conoces a los otros niños a los 3 ó 4 años y luego pasas 10 años con ellos (al menos antes, cuando existía la EGB). Luego viene el instituto, y normalmente acabas en alguno donde van varios de tus amigos. Mi caso, naturalmente, no fue el normal, y acabé en un instituto donde no iba nadie a quien conociera, ni aunque fuera de vista. Aquí ya es más complejo llevarte bien con todo el mundo, ya que las personalidades no están hechas, pero sí marcadas. Cuando yo entré en el instituto mi timidez era patológica: el corazón se me salía del pecho sólo por dirigirme a alguien que no conocía o cuando me preguntaba un profesor en clase. Recuerdo mi primer día, además de por ver grupitos de gente que se conocía, porque a mi pierna le dio por temblar y saltar sola, con vida propia, y no paró en todo el día. Por fortuna siempre existe lo opuesto a uno, así que hay gente extremadamente extrovertida que inicia las conversaciones por ti, aunque te vea con cara de perro. A lo que iba es a que pasas 4 años en el instituto y te juntas con quienes tienen tus mismas tendencias. Así fue como acabé con gente que no era conocida precisamente por ser popular. Por un lado con gente tímida y estudiosa (aunque yo de estudiosa no tenía tanto como pudiera parecer) y por asimilación con los amigos que ellos conocían y que también iban a clase en el mismo centro. De espabile también andaban como yo.
Como buena muestra de adolescente, pasaba la vida encerrada en mí misma, a caballo entre mis nuevas amistades y mis las antiguas del colegio. Recuerdo a mis padres decirme que los amigos se hacen en el instituto, que en el colegio estás poco definido, y luego en la facultad lo estás demasiado. Pero yo no me enteraba de la misa la media e iba con mi actitud miope a todas partes, aparte de que mi mundo era el blanco y el negro y, si veía algo que no estaba tolerado por mi pequeña mentalidad, automáticamente esa persona quedaba proscrita para relacionarme con ella. Recuerdo pasarlo mal, recuerdo a la gente metiéndose conmigo pese a no meterme yo con nadie, recuerdo emparanoiarme pensando en cuánto me odiarían todos y recuerdo mi deseo de ser normal.
Algo ocurrió, aunque el punto de inflexión estaba por llegar. La gente que se dividía por las letras de las distintas clases se mezcló durante el viaje de tercero a mis ojos y por otros vi que quizá yo podía ser diferente, en vez de esa chica encasillada en el rol de listilla. No tuve mucha relación, la verdad, y el siguiente curso fue aún peor para mí cuando todo comenzó y todo se vino abajo, cuando llegué a ese punto de inflexión del que antes hablaba.
Me sentía socialmente rechazada, fuera de lugar, no quería salir por miedo a ser ridícula y patética. No quería ser lo que los demás decían que era y además no sabía ni qué era realmente. Tuve una rebelión interna, un pánico horrible y todo acabó en un parto. Y digo en un parto porque pese a que me dolió un horror y me quedé paralizada, comencé a dejar salir a mi verdadero yo, ese que ni yo misma conocía. Evidentemente, tenía mucho de mi vida anterior, pero al mismo tiempo era muy diferente. Por fin tenía ganas de vivir, de salir, de divertirme y de conocer gente, aunque siguiera sintiéndome mal, esta vez ya por causas diferentes.
Me junté y conocí a gente interesante, exploré la vida social y vi que, por qué no, yo encajaba en ella, mientras los demás veían que yo era como cualquiera: me divertía y sonreía, y me dejaba llevar por raro que pareciera. Aunque aún me quedaba mucho por delante y mucho de mí por aprender, y creo que nunca acabaré de conocerme a mí misma.
En la facultad conocí gente. Algunos tenían más en común conmigo que otros, pero al final todo el mundo da decepciones, compartan más o menos contigo. La época de parejas trajo consigo el aislamiento, aunque yo intentara por todos los medios que no fuera así. Luego vino la migración a Barcelona, donde todo me era ajeno, y el hacer amigos de nuevo, en la facultad o fuera de ella.
La última etapa fue en mi última empresa, y soy consciente de mi suerte, pues hacer buenas migas con prácticamente toda una oficina es un milagro, y yo encontré un regalo que esperaba a ser abierto.
Por supuesto, no se trata de enumerar todas las personas importantes en mi vida, sino de pintar un poco las situaciones sociales por donde he pasado.
Y volví a Madrid y volví a mi vida tal y como era antes, pues de nuevo la vida parejil es un muro entre las amistades. Y me relaciono con gente que conocí en su momento a través de ese invento llamado internet, que aún hoy es considerado como una vía para frikis y asociales. Y precisamente por relacionarme con gente que conocí por internet en un primer momento no es por lo que yo me considero rara, y lo raro de mí poco tiene que ver con la red, pero eso no es óbice para que si cuentas que tienes un grupo de amigos que conociste por ese medio o que vives con tu pareja que ídem de ídem alguien te dirija una mirada sospechosa como si fueras un asesino en serie.
En conclusión, qué difícil es relacionarse socialmente. En mi dualidad tímida-extrovertida me cuesta mucho conocer a quien cuadre conmigo. Me gusta salir con gente, ya no me da tanto miedo a conocer a extraños, amigos de fulanito, pero sí entablar una posible amistad con ellos, pues no soy proclive a dar pasos. Es como si desconociera las reglas del juego y acabara en un hoyo que yo misma cavo. A veces me retraigo demasiado, otras me embalo sin remedio. Soy como soy. Además, soy exigente y busco gente con quien poder hablar de actualidad o de cultura. No es que yo sea especialmente cultivada, pero discuto con emoción de temas que me resultan interesantes, y esos son demasiados. Recuerdo con nostalgia los tiempos de botellón donde arreglábamos el mundo entre cuatro o cinco o desarrollábamos una nueva teoría filosófica. Eso no quiere decir que no me diviertan las conversaciones sobre Callejeros o Carmen Lomana, pero en la variedad está el gusto.
Al final, releyéndome, tampoco resulta raro si cuento que soy una persona inconstante y algo bipolar, por lo que difícil es que encuentre a estas alturas a gente que pueda aguantar mis euforias y bajones al tiempo que me entretiene, salvando a mis viejos conocidos, a quienes para mi desgracia, veo de pascuas a ramos. Pero, ¿de qué iba esto? Ah, sí, de la dificultad de tener una vida social satisfactoria.
lunes, 24 de mayo de 2010
¿Sólo animales?
Dicen por ahí que el ser humano se mueve por instintos aunque luego los ande adornando, y sí, ciertamente ahí están siempre, en lo más profundo de nosotros. Sin embargo, conviene no olvidar que tenemos una mente que piensa también, y que tiene sus necesidades.
En cuanto al sexo, hay quien dice que es el motor de nuestras vidas. Se me ocurre Freud, por ejemplo. Particularmente opino que hay mucho de eso, que está presente en muchas facetas de nuestra existencia, lo que no quiere decir que estemos continuamente pensando con nuestros órganos sexuales...
Pero basta de preámbulos porque yo quería hablar de la seducción y la atracción. Mucho se especula sobre estos temas en cuanto a que es puro instinto, y no hace falta aprender porque se nace con ello. Yo no soy una autoridad en la materia, la verdad, siempre ando bastante despistada, aunque sí creo que sé darme cuenta cuando alguien se queda, digamos prendado de mí. A veces sucede a primera vista, otras veces por un movimiento o un gesto, pero otras tantas es por cómo me expreso o porque ven una chispa que se enciende en mi cabeza, o por un carácter indómito, por defender unas ideas con pasión... En resumen, por cualidades mentales (o personales) que no físicas.
Siendo yo mujer, y siguiendo siempre la estela de que el tema es algo meramente instintivo, supongo que para triunfar en estos juegos tendría que mostrarme dócil, vulnerable y hacerme un poco la despistada, mientras me maravillo del despliegue del macho de turno, ya sea físico o neuronal. Sin embargo eso no va conmigo, soy combativa, llevo la iniciativa si me interesa, y porfío (porque además, la mayoría de las veces que maravillo es sin habérmelo propuesto, pues ya he dicho que siempre ando despistada en estas batallas). Además soy obstinada y me gusta llevar la razón y hacer mi propio despliegue también, pues que me tomen por tonta o insulsa no entra dentro de mis planes.
En consecuencia, tengo que decir que creo que las neuronas también son sexis y que el estímulo mental también despierta el deseo. En mi persona, no tenía la menor duda de ello, pues siempre intento rodearme de gente inteligente, que me estimule, y un posible compañero no es una excepción. Sí, me seduce muchas veces que alguien sea mordaz, rápido, que defienda sus ideas y me combata las mías hasta cierto punto. Pero yo soy algo rara, lo compruebo cuando hablo con otras compañeras de sexo, así que antes de ponerme a observar este fenómeno no sabía hasta qué punto esta debilidad era compartida por el resto de los mortales. Supongo que también depende de lo profundo que uno sea, pues hay muchos tipos de persona y en ello va lo que buscan.
La verdad, me hace tener cierta esperanza, no en mí, sino en el género humano.
En cuanto al sexo, hay quien dice que es el motor de nuestras vidas. Se me ocurre Freud, por ejemplo. Particularmente opino que hay mucho de eso, que está presente en muchas facetas de nuestra existencia, lo que no quiere decir que estemos continuamente pensando con nuestros órganos sexuales...
Pero basta de preámbulos porque yo quería hablar de la seducción y la atracción. Mucho se especula sobre estos temas en cuanto a que es puro instinto, y no hace falta aprender porque se nace con ello. Yo no soy una autoridad en la materia, la verdad, siempre ando bastante despistada, aunque sí creo que sé darme cuenta cuando alguien se queda, digamos prendado de mí. A veces sucede a primera vista, otras veces por un movimiento o un gesto, pero otras tantas es por cómo me expreso o porque ven una chispa que se enciende en mi cabeza, o por un carácter indómito, por defender unas ideas con pasión... En resumen, por cualidades mentales (o personales) que no físicas.
Siendo yo mujer, y siguiendo siempre la estela de que el tema es algo meramente instintivo, supongo que para triunfar en estos juegos tendría que mostrarme dócil, vulnerable y hacerme un poco la despistada, mientras me maravillo del despliegue del macho de turno, ya sea físico o neuronal. Sin embargo eso no va conmigo, soy combativa, llevo la iniciativa si me interesa, y porfío (porque además, la mayoría de las veces que maravillo es sin habérmelo propuesto, pues ya he dicho que siempre ando despistada en estas batallas). Además soy obstinada y me gusta llevar la razón y hacer mi propio despliegue también, pues que me tomen por tonta o insulsa no entra dentro de mis planes.
En consecuencia, tengo que decir que creo que las neuronas también son sexis y que el estímulo mental también despierta el deseo. En mi persona, no tenía la menor duda de ello, pues siempre intento rodearme de gente inteligente, que me estimule, y un posible compañero no es una excepción. Sí, me seduce muchas veces que alguien sea mordaz, rápido, que defienda sus ideas y me combata las mías hasta cierto punto. Pero yo soy algo rara, lo compruebo cuando hablo con otras compañeras de sexo, así que antes de ponerme a observar este fenómeno no sabía hasta qué punto esta debilidad era compartida por el resto de los mortales. Supongo que también depende de lo profundo que uno sea, pues hay muchos tipos de persona y en ello va lo que buscan.
La verdad, me hace tener cierta esperanza, no en mí, sino en el género humano.
lunes, 17 de mayo de 2010
Insignificante
Todos somos diferentes, eso nos hace ser nosotros mismos, ser individuos. Todos tenemos nuestras locuras, nuestras neuras, nuestras carencias. Al conocer a alguien de primeras no somos conscientes de esas sutiles diferencias, de su personalidad, y vamos conociendo sus particularidades por medio de sus gestos, su lenguaje y su actitud. Aún así, una persona a la que crees conocer a veces te puede dar sorpresas en una situación determinada, sobre todo si no hace demasiado que la estás tratando.
Soy una persona muy empática, tal vez demasiado, pero incluso yo tengo un límite. Tienes buena intención, quedas con alguien y casi acabas siguiendo un rollo ONG porque temes pisar un lodazal y hacer daño al haber visto la fragilidad de cerca. Pones la barrera, pues yo no soy una hermanita de la caridad aunque en horas bajas pueda haber rozado el rol. Tanto azúcar daña los dientes, te vuelve diabético, es intolerable, pero es frágil y mantienes la diplomacia. Primum non nocere, dicen los médicos y digo yo incluso cuando no debería.
En agradecimiento te encuentras un muro paranoide donde no puedes arañar ni una pizca de sentido común, nada de lógica, es como las sombras de la caverna de Platón lo que hay allí. Y sigue el azúcar, y tú ya necesitas sal, empiezas a enfermar de tanta azúcar además de toda la acritud y reaccionas mal, porque además estás harta de no reaccionar, de ser el sujeto pasivo tras haber regalado el tiempo por preferir la diplomacia a la sinceridad como excepción que confirme la regla. Intentas dialogar, pero sigue la paranoia, sigue la obsesión. Intentas ser razonable, intentas ignorar, intentas ir de buenas, pero no hay resultados, sólo hostilidad.
Y como dije, todo tiene un límite, todo llega a su fin, y acabas por mandar el muro a la mierda y seguir por otro camino, que aunque ya lo intentabas antes, no lo lograbas, pues llevabas ese lastre traducido en esa mano que aún seguía ahí tendida por si en algún momento de iluminación llegaba la razón. Pero es inútil y los sacrificios que haces cuando estás atontada no los haces si eres dueña de tus aptitudes, estás lúcida, como es el caso.
Así que bye, bye, que usted lo pase bien, sea muy feliz y no espere de mí más amabilidad, tolerancia y buenos modos, pese que a usted no le parecieran tales por ser yo una criatura extraña, con mis particularidades, esas que tenemos todos en alguna medida.
Sin rencores pero sin deudas, empezando de cero. Así que cuidado, porque la próxima vez no andaré con pies de plomo mirando donde piso. Ya tengo bastante con preocuparme por mí.
* Una persona tan insignificante en mi historia vital no se merecía una entrada tan larga, pero he creído que debía incluir este relato para que si alguien entiende la historia encriptada pueda evitar los mismos errores cometidos por mí.
Soy una persona muy empática, tal vez demasiado, pero incluso yo tengo un límite. Tienes buena intención, quedas con alguien y casi acabas siguiendo un rollo ONG porque temes pisar un lodazal y hacer daño al haber visto la fragilidad de cerca. Pones la barrera, pues yo no soy una hermanita de la caridad aunque en horas bajas pueda haber rozado el rol. Tanto azúcar daña los dientes, te vuelve diabético, es intolerable, pero es frágil y mantienes la diplomacia. Primum non nocere, dicen los médicos y digo yo incluso cuando no debería.
En agradecimiento te encuentras un muro paranoide donde no puedes arañar ni una pizca de sentido común, nada de lógica, es como las sombras de la caverna de Platón lo que hay allí. Y sigue el azúcar, y tú ya necesitas sal, empiezas a enfermar de tanta azúcar además de toda la acritud y reaccionas mal, porque además estás harta de no reaccionar, de ser el sujeto pasivo tras haber regalado el tiempo por preferir la diplomacia a la sinceridad como excepción que confirme la regla. Intentas dialogar, pero sigue la paranoia, sigue la obsesión. Intentas ser razonable, intentas ignorar, intentas ir de buenas, pero no hay resultados, sólo hostilidad.
Y como dije, todo tiene un límite, todo llega a su fin, y acabas por mandar el muro a la mierda y seguir por otro camino, que aunque ya lo intentabas antes, no lo lograbas, pues llevabas ese lastre traducido en esa mano que aún seguía ahí tendida por si en algún momento de iluminación llegaba la razón. Pero es inútil y los sacrificios que haces cuando estás atontada no los haces si eres dueña de tus aptitudes, estás lúcida, como es el caso.
Así que bye, bye, que usted lo pase bien, sea muy feliz y no espere de mí más amabilidad, tolerancia y buenos modos, pese que a usted no le parecieran tales por ser yo una criatura extraña, con mis particularidades, esas que tenemos todos en alguna medida.
Sin rencores pero sin deudas, empezando de cero. Así que cuidado, porque la próxima vez no andaré con pies de plomo mirando donde piso. Ya tengo bastante con preocuparme por mí.
* Una persona tan insignificante en mi historia vital no se merecía una entrada tan larga, pero he creído que debía incluir este relato para que si alguien entiende la historia encriptada pueda evitar los mismos errores cometidos por mí.
sábado, 15 de mayo de 2010
Un pequeño milagro
Todos los días esperando que suceda algo, y ese algo nunca llega porque dado cómo somos cada cual y cómo está el mundo, que cierto algo llegara sería un pequeño milagro, y ya sabemos que no existen, ¿verdad?
viernes, 30 de abril de 2010
La vida sigue igual
Asoma la primavera... o más bien el verano, porque aquí el término medio son unos dos días de transición, y todo va como iba, apenas hay cambios y variaciones. Por supuesto, pasan cosas en mi vida, pero casi nada es reseñable o decisivo.
Tampoco es que yo quiera verme ante algo decisivo, pero debería despertar de esta absurda hibernación y empezar de nuevo a construirme una vida de la que pueda hablar, con la que pueda sentirme bien.
Podría estar mucho peor, lo sé, pero también mucho mejor. Si fuera supersticiosa pensaría que me han echado un mal de ojo o una maldición, pero en realidad no lo soy, así que pensaré que todo el mundo pasa por malos momentos, y que depende del punto de la vida en que se halle se lo podrá tomar mejor o peor. Yo ahora no puedo tomarme bien casi nada, porque sigo bastante hundida, aunque quiero poner remedio, sigo empeñada, y cabezona soy un rato.
Me quedaré con esto último e intentaré no pensar en todo a la vez, como acostumbro, para que no me dé un telele y se me corte la respiración, que ya bastantes hostias da el presente y la realidad como para ponerme yo más cosas encima. Pero la cabra tira al monte y tampoco puedo prometer nada, pues sé lo que me es difícil y se me hace cuesta arriba.
Dedicatorias: a ese amigo que no creo que me lea, pero que se alejó y perdió, por favor, hombre, que ya va siendo hora de que vuelvas, ¡cojones!
Y es que, cada loco sigue con su tema, y es inevitable que uno se coma la olla a poco que tenga sangre fluyéndole por el cuerpo.
PD. Perdón por mi ausencia, es una larga historia, un coñazo y una mierda.
Tampoco es que yo quiera verme ante algo decisivo, pero debería despertar de esta absurda hibernación y empezar de nuevo a construirme una vida de la que pueda hablar, con la que pueda sentirme bien.
Podría estar mucho peor, lo sé, pero también mucho mejor. Si fuera supersticiosa pensaría que me han echado un mal de ojo o una maldición, pero en realidad no lo soy, así que pensaré que todo el mundo pasa por malos momentos, y que depende del punto de la vida en que se halle se lo podrá tomar mejor o peor. Yo ahora no puedo tomarme bien casi nada, porque sigo bastante hundida, aunque quiero poner remedio, sigo empeñada, y cabezona soy un rato.
Me quedaré con esto último e intentaré no pensar en todo a la vez, como acostumbro, para que no me dé un telele y se me corte la respiración, que ya bastantes hostias da el presente y la realidad como para ponerme yo más cosas encima. Pero la cabra tira al monte y tampoco puedo prometer nada, pues sé lo que me es difícil y se me hace cuesta arriba.
Dedicatorias: a ese amigo que no creo que me lea, pero que se alejó y perdió, por favor, hombre, que ya va siendo hora de que vuelvas, ¡cojones!
Y es que, cada loco sigue con su tema, y es inevitable que uno se coma la olla a poco que tenga sangre fluyéndole por el cuerpo.
PD. Perdón por mi ausencia, es una larga historia, un coñazo y una mierda.
lunes, 11 de enero de 2010
Parar y respirar
Como últimamente parecía monotema, vamos a ver si variamos un poco. Estoy algo más animada, pero en cualquier caso, ya venía pensando en que hacía falta meter un impulso a esto (y a mí misma, porque total, si no lo meto yo lo llevo claro).
Qué le voy a hacer, cuando cambia el horario, en otoño, yo entro en un estado de apatía y no me recupero hasta la primavera. El pasado año además no ha estado exento de mala suerte en distintos apartados:
*Salud: bueno, no me voy a quejar, cogí gripe A, pero era una gilipollez, la verdad. Varios catarros en momentos clave de mi existencia, y por diversos motivos insomnio, cansancio que se arrastra (aunque nunca fui muy enérgica) y apatía, que pese a que sea algo psicológico, influye en la salud somática. Necesito rutinas, please, vengan del estudio, del trabajo o de lo que sea para ordenar mis ritmos, que al final todo me influye... En marzo mejoraré seguro, es una ventaja.
*Dinero: podemos correr un tupido velo. Estoy en paro desde abril, y el mes de marzo será el último con subsidio. Ya estoy buscando, pero necesito encontrar algo cuanto antes, y me ayudará en el apartado anterior.
*Amor: en el sentido estricto de la palabra, una catástrofe. Amor fraternal ya es otra cosa. He consolidado relaciones de amistad con mucha gente, que se han convertido en amistades profundas, para siempre y para lo que necesite. La familia bien, gracias, dando por culo de vez en cuando, pero que vamos, es lo suyo, si no dejarían de ser ellos. En cuanto al sexo, poco aunque de calidad, así generalizando. Si tengo que destacar algo a este respecto es que los amantes que he encontrado (bueno, que he elegido, de con los que he topado) no son muy dados a repetir indefinidamente si la cosa resultó bien. Tampoco me quejo, pero me resulta llamativo.
Como ya resolví allá por mayo o junio, tampoco recuerdo, estoy decidida a acabar la carrera, por muy difícil que pueda resultarme (que difícil me resultará seguro, nada es un paseo), y ya que aquí en Madrid no me dan opción, y que además echo de menos a todos mis amigos de Barcelona, para allá que me encaminaré si no surgen imprevistos por este lado. Tendré que currar también, sí, lo sé. Sé que en otros intentos no me ha ido bien en eso de compatibilizar estudios y trabajo, también, pero de eso hace años y creo haber evolucionado en la vida desde entonces. Además, que una vez tomada una decisión en cabezonería y determinación no me gana nadie, y si me estrello, pues me estrellé, pero que no quede por no haberlo intentado.
Lo demás ya irá viniendo. Antes de que sucediera este lapsus raro, decía que no busco nada con nadie, estoy agotada de todo y cansada de muchos temas, y ahí sigo. Además que mi segunda adolescencia ha estado bien hasta donde yo puedo juzgar, tampoco le pido a la vida cosas extraordinarias como pisar la luna o que me den un Nobel, eso ya hace años que se acabó.
En resumen, que vamos a ver si tiro un poquito de este cuerpo que me acompaña, desde el área más optimista y esperanzado de mi cabeza. Salvo cuando me invaden sentimientos que me impiden ver más allá (por describirlo de alguna manera), normalmente tengo una buena perspectiva de lo que me rodea, y aunque no disfrute de una felicidad absoluta soy capaz de apreciar las pequeñas cosas. Al fin y al cabo, unos días un regalo y otros una carga, vida sólo tenemos una y es con ella con la que tenemos que jugar. Adelante, siempre adelante, es el único camino.
Qué le voy a hacer, cuando cambia el horario, en otoño, yo entro en un estado de apatía y no me recupero hasta la primavera. El pasado año además no ha estado exento de mala suerte en distintos apartados:
*Salud: bueno, no me voy a quejar, cogí gripe A, pero era una gilipollez, la verdad. Varios catarros en momentos clave de mi existencia, y por diversos motivos insomnio, cansancio que se arrastra (aunque nunca fui muy enérgica) y apatía, que pese a que sea algo psicológico, influye en la salud somática. Necesito rutinas, please, vengan del estudio, del trabajo o de lo que sea para ordenar mis ritmos, que al final todo me influye... En marzo mejoraré seguro, es una ventaja.
*Dinero: podemos correr un tupido velo. Estoy en paro desde abril, y el mes de marzo será el último con subsidio. Ya estoy buscando, pero necesito encontrar algo cuanto antes, y me ayudará en el apartado anterior.
*Amor: en el sentido estricto de la palabra, una catástrofe. Amor fraternal ya es otra cosa. He consolidado relaciones de amistad con mucha gente, que se han convertido en amistades profundas, para siempre y para lo que necesite. La familia bien, gracias, dando por culo de vez en cuando, pero que vamos, es lo suyo, si no dejarían de ser ellos. En cuanto al sexo, poco aunque de calidad, así generalizando. Si tengo que destacar algo a este respecto es que los amantes que he encontrado (bueno, que he elegido, de con los que he topado) no son muy dados a repetir indefinidamente si la cosa resultó bien. Tampoco me quejo, pero me resulta llamativo.
Como ya resolví allá por mayo o junio, tampoco recuerdo, estoy decidida a acabar la carrera, por muy difícil que pueda resultarme (que difícil me resultará seguro, nada es un paseo), y ya que aquí en Madrid no me dan opción, y que además echo de menos a todos mis amigos de Barcelona, para allá que me encaminaré si no surgen imprevistos por este lado. Tendré que currar también, sí, lo sé. Sé que en otros intentos no me ha ido bien en eso de compatibilizar estudios y trabajo, también, pero de eso hace años y creo haber evolucionado en la vida desde entonces. Además, que una vez tomada una decisión en cabezonería y determinación no me gana nadie, y si me estrello, pues me estrellé, pero que no quede por no haberlo intentado.
Lo demás ya irá viniendo. Antes de que sucediera este lapsus raro, decía que no busco nada con nadie, estoy agotada de todo y cansada de muchos temas, y ahí sigo. Además que mi segunda adolescencia ha estado bien hasta donde yo puedo juzgar, tampoco le pido a la vida cosas extraordinarias como pisar la luna o que me den un Nobel, eso ya hace años que se acabó.
En resumen, que vamos a ver si tiro un poquito de este cuerpo que me acompaña, desde el área más optimista y esperanzado de mi cabeza. Salvo cuando me invaden sentimientos que me impiden ver más allá (por describirlo de alguna manera), normalmente tengo una buena perspectiva de lo que me rodea, y aunque no disfrute de una felicidad absoluta soy capaz de apreciar las pequeñas cosas. Al fin y al cabo, unos días un regalo y otros una carga, vida sólo tenemos una y es con ella con la que tenemos que jugar. Adelante, siempre adelante, es el único camino.
miércoles, 6 de enero de 2010
Caída en picado
Anoche, o mejor dicho, esta mañana me fui a la cama con cierto optimismo, pensando que no había escrito aquí porque no lo necesitaba, en vez de para huír del dolor. Soy una persona muy influible por lo que me rodea: me afecta el tiempo, la luz, la gente a mi alrededor, y todo esto para explicar que cuando algo importante me sale mal se contagian todas las ideas que me rondan la cabeza y me hundo, pero cuando algo importante me sale bien, sucede justo lo contrario. Ayer descubrí que aún estoy a tiempo de terminar mi licenciatura en Barcelona (y además como licenciatura) y eso me dio ya cierto entusiasmo y alegría, pero además después me enteré de que había podido tener contacto telefónico normal con alguien, en contra de todo pronóstico, lo que además me dio muchas esperanzas. Por fin se colaba un rayito de luz en mi cielo gris plomo, aunque evidentemente siguiera muy triste... Al levantarme de la cama, además, recordé con nostalgia haber soñado con mi familia (o exfamilia) postiza, como un recuerdo de pasados días de Reyes.
Pero como ya viene siendo lo habitual durante largo tiempo, hoy he vuelto a caer en picado tras una bronca telefónica que ni siquiera creo que viniera al caso. La enésima bronca a una persona rota y herida que sólo quería verse diginificada, tratada como una amiga más, sin menosprecios, como era antes de que por su parte hubiera otra pareja. Parece que ese período de respeto y dignidad, de gran amistad y cariño, fue sólo un espejismo. Por más paciencia que he tenido, por más intención de hacer comprender y empatizar, por más ruegos, ha sido imposible. ¿Quién dijo que tener pareja no cambia la manera en que una persona se relaciona con sus amistades? Pues es del todo inexacto, y lo mejor es que es por exigencias de la reciente adquisición. Mi madre siempre ha dicho que "si uno no quiere, dos no regañan", pero la realidad más bien es que si uno no quiere, mantener una relación, sea del tipo que sea, es inútil. Y yo ya estoy cansada de ser el sparring de muchos, de dar siempre y no recibir nunca, de ser abnegada y paciente. Ahora mismo necesito dignidad, aunque sólo sea la poca que yo puedo otorgarme.
Hoy he renunciado al que solía ser un buen amigo (aunque no últimamente, por mucha esperanza que yo tuviera), he dicho adiós a la que hace tan sólo dos meses era la persona más importante en mi vida, y ha sido así por su autoexclusión, por su veto y por su ceguera (por no decir algo más gráfico). Yo no he podido sino renunciar, pues la poca clarividencia que ahora mismo me queda he de dedicarla a mí, y no a causas que demostraron ya ser perdidas. Demasiado sufrimiento ya padezco como para seguir sumando. Y duele saber que las palabras no son nada para algunos, y que pese a haber pronunciado una despedida con promesas de amistad, respeto y aprecio, hoy resulta que mis peores temores de aquel día se han hecho realidad, no quedando nada de lo dicho. También diría no hace tanto que si se viera forzado a elegir, no tendría duda en mi favor. Pero ya digo, las palabras se las lleva el viento pues no tienen el mismo peso en todas las bocas.
Si el mundo fuera justo (lo siento, pero aunque sé que no lo es, me es inevitable pensarlo) y él tuviera conciencia se arrepentiría de cómo me ha tratado al ver la descompensación. Hubiera intentado cambiar, rectificar. No, directamente no me hubiera tratado así tantas veces, tras tantas oportunidades, no me hubiera echado la enésima bronca por algo de lo que no soy culpable, y aún menos sabiendo por lo que estoy pasando. Se habría arrepentido ya y habría lamentado otras decisiones. No, el mundo no es justo y yo no soy apreciada, considerada o empatizada. Y no debería esperar nada de nadie, pero es inevitable tener ciertas expectativas en cuanto a las personas a quienes quieres, a quienes te has dedicado y a quienes has tratado lo mejor que has sabido, con todo el calor del corazón. Es inevitable querer que cuanto menos te aprecien y sean conscientes de lo que haces por ellos y se comporten de acuerdo a eso, si es que te corresponden en algo a ese cariño.
Por eso, hoy me he hundido más aún, hoy estoy más triste, hoy no encuentro consuelo. Aunque sé que el tiempo me calmará, hoy sólo tengo llanto, pena, desespero. Me siento casi inexistente, totalmente prescindible, como si cualquiera quisiera olvidar que estoy viva. Y además me siento idiota por tener aún hoy estos sentimientos por causa de quien me ha demostrado no merecerlo.
Al fin y al cabo, debería saber que en el desierto lo extraño es encontrar agua.
Pero como ya viene siendo lo habitual durante largo tiempo, hoy he vuelto a caer en picado tras una bronca telefónica que ni siquiera creo que viniera al caso. La enésima bronca a una persona rota y herida que sólo quería verse diginificada, tratada como una amiga más, sin menosprecios, como era antes de que por su parte hubiera otra pareja. Parece que ese período de respeto y dignidad, de gran amistad y cariño, fue sólo un espejismo. Por más paciencia que he tenido, por más intención de hacer comprender y empatizar, por más ruegos, ha sido imposible. ¿Quién dijo que tener pareja no cambia la manera en que una persona se relaciona con sus amistades? Pues es del todo inexacto, y lo mejor es que es por exigencias de la reciente adquisición. Mi madre siempre ha dicho que "si uno no quiere, dos no regañan", pero la realidad más bien es que si uno no quiere, mantener una relación, sea del tipo que sea, es inútil. Y yo ya estoy cansada de ser el sparring de muchos, de dar siempre y no recibir nunca, de ser abnegada y paciente. Ahora mismo necesito dignidad, aunque sólo sea la poca que yo puedo otorgarme.
Hoy he renunciado al que solía ser un buen amigo (aunque no últimamente, por mucha esperanza que yo tuviera), he dicho adiós a la que hace tan sólo dos meses era la persona más importante en mi vida, y ha sido así por su autoexclusión, por su veto y por su ceguera (por no decir algo más gráfico). Yo no he podido sino renunciar, pues la poca clarividencia que ahora mismo me queda he de dedicarla a mí, y no a causas que demostraron ya ser perdidas. Demasiado sufrimiento ya padezco como para seguir sumando. Y duele saber que las palabras no son nada para algunos, y que pese a haber pronunciado una despedida con promesas de amistad, respeto y aprecio, hoy resulta que mis peores temores de aquel día se han hecho realidad, no quedando nada de lo dicho. También diría no hace tanto que si se viera forzado a elegir, no tendría duda en mi favor. Pero ya digo, las palabras se las lleva el viento pues no tienen el mismo peso en todas las bocas.
Si el mundo fuera justo (lo siento, pero aunque sé que no lo es, me es inevitable pensarlo) y él tuviera conciencia se arrepentiría de cómo me ha tratado al ver la descompensación. Hubiera intentado cambiar, rectificar. No, directamente no me hubiera tratado así tantas veces, tras tantas oportunidades, no me hubiera echado la enésima bronca por algo de lo que no soy culpable, y aún menos sabiendo por lo que estoy pasando. Se habría arrepentido ya y habría lamentado otras decisiones. No, el mundo no es justo y yo no soy apreciada, considerada o empatizada. Y no debería esperar nada de nadie, pero es inevitable tener ciertas expectativas en cuanto a las personas a quienes quieres, a quienes te has dedicado y a quienes has tratado lo mejor que has sabido, con todo el calor del corazón. Es inevitable querer que cuanto menos te aprecien y sean conscientes de lo que haces por ellos y se comporten de acuerdo a eso, si es que te corresponden en algo a ese cariño.
Por eso, hoy me he hundido más aún, hoy estoy más triste, hoy no encuentro consuelo. Aunque sé que el tiempo me calmará, hoy sólo tengo llanto, pena, desespero. Me siento casi inexistente, totalmente prescindible, como si cualquiera quisiera olvidar que estoy viva. Y además me siento idiota por tener aún hoy estos sentimientos por causa de quien me ha demostrado no merecerlo.
Al fin y al cabo, debería saber que en el desierto lo extraño es encontrar agua.
martes, 5 de enero de 2010
De nada sirve autoengañarme
Tras unos días de aparente paz, compruebo que pese a intentos de autoengaño para convencerme de que estoy mejor, la procesión sigue por dentro. Me pregunto por qué duele tanto y no obtengo más respuesta que porque fue el centro de mi vida durante mucho tiempo, y aún seguía dispuesta a que lo fuera de no haber sido por su empeño en dejar de serlo. El daño que sufrí durante toda la travesía sólo yo lo sé y sólo yo lo revivo cada vez que veo la diferencia de actitudes. Y aún hay quien se extraña de que vea todo desde el agravio comparativo, pero no es que yo lo vea, es que está ahí, como una luz perpetua, iluminándolo todo. ¿Acaso soy yo la única en verlo? Mierda.
¿De verdad es sólo resentimiento lo que tengo dentro y no hay un ápice de objetividad? Yo creo que objetividad hay mucha, en serio. Es frustración, es fracaso, es resentimiento, es envidia, son celos; en resumen, es mierda. Mierda para hartar y para aburrir. Mierda de la que quieres salir pero es como arenas movedizas. Mierda que te rodea y no ves el final. Prepárate, por que el duelo va a ser muy largo, por mucho que tú quieras verte mejor de lo que estás para no ver lo mal que en realidad te encuentras: herida, dolida, resentida, envidiosa, celosa, rota, agotada, apática... Y en mi cabeza resuena una y otra vez una pregunta lejana: ¿Estaré siguiendo el camino adecuado? Difícil saberlo. Hago las cosas como buenamente puedo. Sólo sé que por ignorarla la mierda no se va, se lleva dentro, esperando salir como de una olla a presión y salpicar a quien se deje.
¿Y quién tiene la culpa? A veces dudo de esto. Vuelvo a verme en situación una y otra vez y siempre opto por lo único que podía hacer. Demasiado aguanté, demasiado paciente fui, demasiado bien me porté... Pero entonces, ¿dónde está mi satisfacción?, ¿por qué sólo tengo un doloroso castigo? Y si fuera esta la única vez..., pero es algo recurrente en mi vida: hacer las cosas lo mejor que sé, y darme de bruces contra un muro de dolor, sea por el motivo que fuere y en el aspecto que toque, cada vez. Si hay un culpable, todo es más fácil, pero ¿y si la culpable fuera yo por no ser como debiera? Quizá la bondad y sinceridad en este mundo están mitificadas y para moverse por él es mejor un equilibrio entre bondad y maldad, y sinceridad y mentira.
En mi casa hay una bonita colección de calabazas, cosechadas, como dije antes, en muy distintos aspectos vitales. Alguna vez di yo alguna. Alegaré que llegué a esto de un modo inconsciente, aunque no creo que importe en el dolor del destinatario. Ya me tocó mortificarme, ya me remordió la conciencia, ya empaticé con el daño ajeno y lo pasé realmente mal (supongo que no tanto como el receptor). Lo hice lo mejor que pude, seguí tratando a esa persona lo mejor que supe, con todo mi corazón y anteponiendo su bienestar a mi comodidad egoísta, pues era lo mínimo que podía hacer después de haberla herido, aunque nunca lo pretendiera. Ahora, ya me cuido también más de herir sin pretenderlo, pues conozco mejor el terreno donde piso, y si creo que va a hundirse, mejor me quedo quietecita. Yo, sin embargo, en este momento me siento menospreciada, ninguneada, desplazada en favor de alguien nuevo y desconocido, bendita justicia divina.
Y no es que quiera erigirme como heroína del saber estar, de la justicia y similares, o ser una mártir para la causa. Sólo digo que siempre intenté ser consecuente conmigo misma y actuar de acuerdo con lo que la conciencia me dictó para ser justa con los de mi alrededor y tener paciencia cuando se requería, si es que ello significaba la promesa de algo digno.
¿Y de qué sirve mirar atrás? De nada, pero es que por mucho que quiera mirar hacia delante, no soy nada sin mi pasado, porque el pasado lo tengo presente, y por eso estoy llena de dolor ahora mismo y adivino que lo estaré, por mucho que no quiera.
¿Anestesia? Pues no es que la vaya buscando desesperadamente, pero a veces la he podido encontrar. Eso sí, nunca ha sido la cantidad que quise, es imposible. Y si la vuelvo a encontrar, la aplicaré, claro está.
¿De verdad es sólo resentimiento lo que tengo dentro y no hay un ápice de objetividad? Yo creo que objetividad hay mucha, en serio. Es frustración, es fracaso, es resentimiento, es envidia, son celos; en resumen, es mierda. Mierda para hartar y para aburrir. Mierda de la que quieres salir pero es como arenas movedizas. Mierda que te rodea y no ves el final. Prepárate, por que el duelo va a ser muy largo, por mucho que tú quieras verte mejor de lo que estás para no ver lo mal que en realidad te encuentras: herida, dolida, resentida, envidiosa, celosa, rota, agotada, apática... Y en mi cabeza resuena una y otra vez una pregunta lejana: ¿Estaré siguiendo el camino adecuado? Difícil saberlo. Hago las cosas como buenamente puedo. Sólo sé que por ignorarla la mierda no se va, se lleva dentro, esperando salir como de una olla a presión y salpicar a quien se deje.
¿Y quién tiene la culpa? A veces dudo de esto. Vuelvo a verme en situación una y otra vez y siempre opto por lo único que podía hacer. Demasiado aguanté, demasiado paciente fui, demasiado bien me porté... Pero entonces, ¿dónde está mi satisfacción?, ¿por qué sólo tengo un doloroso castigo? Y si fuera esta la única vez..., pero es algo recurrente en mi vida: hacer las cosas lo mejor que sé, y darme de bruces contra un muro de dolor, sea por el motivo que fuere y en el aspecto que toque, cada vez. Si hay un culpable, todo es más fácil, pero ¿y si la culpable fuera yo por no ser como debiera? Quizá la bondad y sinceridad en este mundo están mitificadas y para moverse por él es mejor un equilibrio entre bondad y maldad, y sinceridad y mentira.
En mi casa hay una bonita colección de calabazas, cosechadas, como dije antes, en muy distintos aspectos vitales. Alguna vez di yo alguna. Alegaré que llegué a esto de un modo inconsciente, aunque no creo que importe en el dolor del destinatario. Ya me tocó mortificarme, ya me remordió la conciencia, ya empaticé con el daño ajeno y lo pasé realmente mal (supongo que no tanto como el receptor). Lo hice lo mejor que pude, seguí tratando a esa persona lo mejor que supe, con todo mi corazón y anteponiendo su bienestar a mi comodidad egoísta, pues era lo mínimo que podía hacer después de haberla herido, aunque nunca lo pretendiera. Ahora, ya me cuido también más de herir sin pretenderlo, pues conozco mejor el terreno donde piso, y si creo que va a hundirse, mejor me quedo quietecita. Yo, sin embargo, en este momento me siento menospreciada, ninguneada, desplazada en favor de alguien nuevo y desconocido, bendita justicia divina.
Y no es que quiera erigirme como heroína del saber estar, de la justicia y similares, o ser una mártir para la causa. Sólo digo que siempre intenté ser consecuente conmigo misma y actuar de acuerdo con lo que la conciencia me dictó para ser justa con los de mi alrededor y tener paciencia cuando se requería, si es que ello significaba la promesa de algo digno.
¿Y de qué sirve mirar atrás? De nada, pero es que por mucho que quiera mirar hacia delante, no soy nada sin mi pasado, porque el pasado lo tengo presente, y por eso estoy llena de dolor ahora mismo y adivino que lo estaré, por mucho que no quiera.
¿Anestesia? Pues no es que la vaya buscando desesperadamente, pero a veces la he podido encontrar. Eso sí, nunca ha sido la cantidad que quise, es imposible. Y si la vuelvo a encontrar, la aplicaré, claro está.
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